miércoles, 24 de agosto de 2016

Otro modo para usar un cadáver


Para Omar, el artista

En un tristemente olvidado pasaje de sus memorias, el otrora guardián de gabinetes, Jezekyvnenz Rudjiamelov, habla sobre el descontento y derrotismo reflejados en el rostro  de un joven Rembrandt al salir de una sala concurrida del Waag una mañana de noviembre de 1631.
Meses atrás, al pintor neerlandés le había sido comisionada la creación de un retrato que resaltara los atributos eruditos del célebre médico Nicolaes Pietersz Tulp, tanto para asegurarle reconocimiento y memoria perpetua a éste, como para refutar honor y renombre al Gremio de Cirujanos de Ámsterdam.
Según el testimonio fidedigno de aquellos cuya presencia a aquella cita pudo corroborarse, Rembrandt se mostró menos obtuso de lo que acostumbraba cuando se le hacía una propuesta. Muy por el contrario, extrañó a varios notar que el joven artista aceptó el trabajo con facilidad inusitada, como si, de hecho, hallara en él una auténtica pasión, a sabiendas de que se trataba de un reto. Rembrandt incluso dijo a los presentes que tenía en mente la escena adecuada para satisfacerlos, tanto a ellos como a sus asociados.
Teniendo fe en el prometedor artista, y como ya había dado pruebas de su talento, la comitiva del consejo salió de la junta segura de que el trabajo de Rembrandt sería excepcional. Hubo quienes anticipaban su mejor obra y hablaban entre murmullos del encargo, orgullosos de que estuviera dedicada al doctor Tulp y a sus allegados.
La certeza del triunfo de la obra tenía un lugar tan asegurado entre los entendidos, que incluso se dice que las peticiones del Gremio para frecuentar el estudio de Rembrandt y ver su progreso pasaron de ser mínimas a nulas durante las primeras semanas, otorgándole la licencia que el artista pedía para que se le dejara trabajar a sus anchas.
Tras todo lo anterior dicho, fue una sorpresa para todos que Rembrandt se presentara aquella mañana de noviembre de 1631, no solo porque nadie en el Consejo Gremial esperaba verlo tan pronto, en una fecha mucho anterior a lo esperado por cualquiera para que la obra estuviera lista, sino porque además, estaban seguros de que Rembrandt no mostraría la pieza antes de ser develada de manera oficial, en presencia del doctor Tulp. Cuando se le preguntó por la inusitada rapidez con que había terminado el encargo, el artista respondió:
- A medida que daba forma a la  pieza, me volví presa cada vez más sometida a una pasión desbordada. En algún punto, la pintura cobró vida propia y me obligó a seguir. Dependía de mí para que viviera, y quería vivir.
Dijo además que, con tal de asegurar el buen visto general del Consejo previo a que la obra fuera mostrada al doctor Tulp, quería aprovechar mientras éste se encontraba fuera de la ciudad realizando exámenes médicos a los marinos que emprenderían un viaje hacia la ciudad de Massachusetts.
Rembrandt se excusó una vez más por interrumpir la junta matutina, a lo cual, muy por el contrario, los concejales instaron que bien valía la pena interrumpir sus labores con tal de ser parte del tan histórico momento.
Por un segundo, la emoción y expectativa fue recíproca en ambos extremos del salón. Rembrandt quitó la manta del lienzo y el silencio fue absoluto.
El pintor moría por dar a conocer aquello que había inspirado su obra, y no se dio cuenta de que los presentes habían quedado mudos, no tanto de asombro, sino de incredulidad.
En primer lugar, Rembrandt dijo que, por tratarse solo de una fantasía imposible, no se había atrevido a alimentar la vaga esperanza sobre el motivo por el cual lo habían citado en el Waag. No obstante, cuál fue su sorpresa cuando una nueva pasión llenó su espíritu. Efectivamente, confirmó que no era sueño imposible, sino realidad auténtica que los distinguidos dirigentes del bien amado Gremio de Cirujanos de Ámsterdam habían tenido a bien dejar en manos de su ingenio rendir tributo al doctor Tulp.
La dicha inundó a Rembrandt pero, sabiéndose observado, tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para permanecer impasible y no arrodillarse ante quienes por fin le dieron licencia para concretar aquello que una repentina inspiración había arraigado en un resquicio diminuto pero vital, tanto de su espíritu, como de su mente creadora.
Años atrás, la anécdota que había impresionado tanto a Rembrandt había comenzado a esparcirse por los barrios bajos. Para los siguientes meses, no tardó en volverse de lo más sonado, ya no solo en Ámsterdam, sino hasta las afueras de la capital. Rembrandt mismo era partidario de que la Historia se encargaría de dotar a la noticia del carácter digno de cualquier porción de folclor nacional.
El doctor Nicolaes Tulp había tenido a bien demostrar la capacidad del hombre en la búsqueda del conocimiento a través de una de las muestras más representativas del saber y progreso de la era moderna aplicado a las ciencias, todo reflejado en una lección de anatomía impartida solo a un puñado de los alumnos y profesores más brillantes y destacados de la Universidad Leiden elegidos por sorteo, quienes tuvieron el privilegio de atestiguar y aprender del más grande maestro que habían dado a conocer los Países Bajos.
Luego de utilizar sus instrumentos para llevar a cabo un corte quirúrgico a un cadáver, demostrando el funcionamiento de la mano a través de la manipulación de los músculos flexores del antebrazo, Tulp creyó haber ganado la atención de los presentes, sin embargo, no tardó en notar que ni él, ni el objeto de su lección eran en lo que se concentraba la atención de los presentes, sino en un vaso lleno con la aun no tan popular mezcla de ron con bebida a base de cola y hielo, y que tardaría algún tiempo en tener entretenida y dichosa a la sociedad etílica de las clases más bajas y corrientes.
No era solo el hecho de que se hubieran introducido bebidas alcohólicas en el recinto lo que llamó la atención de los presentes, sino el modo en el cual un presunto estudiante de medicina había utilizado otro tipo de ciencias (arcanas, tal vez) para mantener el equilibrio del recipiente y el de su contenido, manteniéndolos en un balance ideal sobre la pantorrilla derecha del cadáver con el que se pretendía dar la clase.
En este punto se encuentra el mayor número de divergencias para proseguir el relato.
Suele restársele validez a las versiones contadas por quienes se sabe que estuvieron presentes, pues es un hecho que, antes que la verdad, sus intereses primordiales eran salvaguardar el buen nombre del doctor Tulp. Son estos testigos presenciales quienes peor hablan del incidente, y quienes peor hablan del estudiante responsable, negando que su acción haya tenido validez real como contribución a la ciencia, refiriéndose a ello como una burla, o simplemente negando que cosa semejante hubiera pasado.
No obstante, este punto del relato es, también, el que alimenta la voz del vulgo, dotando a las múltiples versiones de un sinfín de sentidos y enseñanzas, volviéndolas parte del folclor popular de carácter aleccionador.
Un conteo actualizado revela que el número de personas que afirman haber presenciado la susodicha clase del doctor Tulp es de unos mil quinientos, cuando el anfiteatro del Waag solo cuenta con una capacidad máxima para setecientas personas.
La voz popular es la que, con el paso de los años, se ha encargado de recalcar la cólera de Tulp, no porque la interrupción de la clase fuera un freno al progreso científico, sino porque un estudiante de baja categoría llevó a cabo un descubrimiento que lo eclipsó frente a los presentes. Los celos hicieron que el doctor pidiera a los guardias del lugar sacaran inmediatamente al profanador de la lección.
Tras mostrar el cuadro y ver el desconcierto reflejado en los rostros de los presentes,  Rembrandt se dio cuenta muy tarde de que su genio y libertad creativa no serían bien vistos por el Gremio de Cirujanos de Ámsterdam. Inmediatamente se le instó con euforia a que fuera retirada la parte en la cual aparecía el así llamado ‘truhán’ (ya sin siquiera referirse a él como ‘el estudiante de medicina’), asegurándole que no había cabida en aquel recinto (mucho menos a ojos del doctor Tulp) para que ofensas a su oficio quedaran plasmadas en obras pictóricas, mucho menos si se esperaba que éstas tuvieran un lugar dentro de su colección.
Desconcertado en un principio, furioso luego, sin más palabras, Rembrandt salió de la sala y atravesó el pasillo hacia la salida mientras cubría el lienzo con la manta, momento en que fue objeto de atención del guardián Rudjiamelov.
No se sabe bien porqué Rembrandt tardó tanto en volver a tener contacto con el Consejo Gremial de Cirujanos. Hay quienes se preguntan por qué volvió a tener contacto alguno con ellos. No se sabe tampoco bajo qué circunstancias especiales aceptó hacer el cambio que le solicitaron en la pintura. La teoría más aceptada es que el neerlandés no empezó desde cero como le habían solicitado. Se mantuvo firme y logró que aceptaran la condición de que no haría otra cosa además de borrar al Estudiante Truhán de la escena.
Solo cuatrocientos años después nos dimos cuenta que las sorprendidas expresiones de los presentes en  La lección de anatomía del dr. Nicolaes Tulp no tenían que ver con la común musculatura humana, sino con el innovador método de reciclar cadáveres para hacer portavasos y quien sabe cuántos otros utensilios más.
Por cierto que, los rumores afirman que, de haber estado de un mejor humor, a Rembrandt le hubiera gustado que la pieza llevara por título El estudiante sarcástico ruega para que no lo saquen del aula.             

martes, 12 de julio de 2016

Simulacro (audiocuento)


Pánfilo se viene, y se le va la felicidad. A Lupe se le queda adentro un rato más y no deja de sonreír.
Pánfilo solo quiere a Lupe porque es lo más cerca que puede estar de María, su hermana. Ya ha empezado a creer que se parecen un poco. Tuvo que cogérsela en cuatro, para solo verle el cabello negro y largo cayéndole sobre la espalda con cada embestida y convencerse, luego de un gran esfuerzo, de que seguramente sería justo así como le pasaría a María.
            Lupe ve a Pánfilo sentado en el suelo. Ella sabe por qué la escogió ahora, después de dos años de haberse conocido. Sabe que ya se puso buena, y está segura de que ése va a ser el motivo principal por el que va a recordar sus diecinueve años por el resto de su vida. Por eso y porque fue entonces cuando Pánfilo hizo más que solo interesarse por ella: la escogió, la cortejó y, al final, parcharon.
            Cuando Pánfilo hizo que Lupe se viniera por primera vez, ella se convenció de que, de alguna manera, siempre había querido que pasara. Ahora ella es algo peor que un premio de consolación, o que un consolador. Si tiene suerte, es la pantalla sobre la que Pánfilo proyecta la imagen de su hermana María.
Cuando a Lupe le va bien, Pánfilo reconoce un rostro en ella, por momentos imagina que goza, y si no puede, castiga a la hermana nalgueándola fuerte, echándole la cabeza hacia atrás tirándole del pelo, y asfixiándola un poco. Pero cuando a Lupe le va mal –que  es la mayoría de las veces–, ella es el pañuelo desechable para los mecos de Pánfilo. El paño de lágrimas de su pito parado, si quieren.
Lupe sabe todo eso, y también le vale. Aun cuando deban apagar la luz para que Pánfilo no vea que no es María a quien se está tirando y pueda concentrarse en maquinar su fantasía con mayor facilidad, a Lupe le basta ver la silueta de él encuerado en la cama, o en la alfombra de la sala.
            Pánfilo había estrenado a Lupe, y fue algo tan intenso, que a ella no le interesa, ni quiere saber si hay algo mejor.
Si las cosas se hubieran quedado en que Pánfilo fantaseaba con María, Lupe sonreiría y fingiría igual que siempre y para siempre, pero no. A Pánfilo no le basta con desahogarse, y tampoco olvida. Nunca deja de pensar en María, y eso lo hace abrir bien los ojos, tener despiertos los oídos todo el tiempo, con tal de no perderse la menor señal de vida que María pueda dar.
Llegará el momento en que Pánfilo se topará con María, nomás por aquello de que se está chingando a su excuñada, sin que eso haga que, de pronto,  las hermanas dejen de vivir en la misma casa.
Lo malo no es que los dos se vean y María vaya a dejar a su actual galán para regresar con su novio asaltacunas. El problema es que, de por sí, lo de Pánfilo y Lupe no puede tener nombre. Con suerte se acerca a la lástima, y eso está bien para ella, pero, aun así, se trata de algo tan débil, que se puede quebrar con una sola palabra que venga de una boca o de un mensaje de texto.
Los días pasan y Pánfilo sigue usándola, hasta que un día, la felicidad de Lupe empieza a ir y venir conforme él la busca o no, hasta el punto en que empieza a parecerse a la felicidad momentánea que siente él al tirársela y creer que se lo hace a la hermana correcta.
Estando lo más cerca posible de sentir el mismo temor que Pánfilo, Lupe entiende el extremo al que puede llegar para poder estar con la persona a la que desea amar. Así, mientras Pánfilo se pone los calzones con la urgencia con la que debió haberse puesto un condón, ella le dice:
–Ya no mames con María, wey –Él la oye, pero hace como que no–. Ya se agarró a otro pendejo.
            Pánfilo guarda silencio mientras se le va el color del rostro.           
–¿Ah, sí, cómo se llama? –replica como si supiera que Lupe lo trata de engañar y quisiera ver cómo se le va el color del rostro a ella mientras se le ocurre un nombre.
–Zeus –contesta de inmediato.
–Y será un papucho el Zeus, ¿no?
–Pues lo que quieras, pero María ya se lo chinga y todo.
–Ajá… ái te va a ir a contar a ti qué tal la plancha el cabrón, ¿no? –dice Pánfilo, con una postura rígida que estampa su silueta. Sabe que es verdad.

***
Ya ni con Lupe se le para.
La última vez, casi le suelta un chingadazo, y si en esas iban a estar, mejor las putas, que dan mamazo y se dejan matar por quince varos y un pambazo.
Sería bueno que ya no se cogiera a Lupe porque ya no puede creer que sea María, pero la verdad es que ahora la ve más María que nunca. Es una María que ya no grita como niña desvirgada, sino como algo más parecido a una de cuarentaitantos.
Ella va atrás y adelante, atrás y adelante, se choca con la pelvis de Pánfilo, y la carne suena dulce, como la porno que se vive. Y la María que ve quiere descansar un poquito, se contonea en cuatro sacudiéndole la verga para luego volver a azotar las nalgas contra la pelvis.
El pito alarga y achica el cuello. La María de ese momento grita cada vez más alto y se aleja un poco más con cada embestida, sin que en ningún momento se asome la cabeza del chiquito.
Ella se aleja quince centímetros, vuelve, y gime. Se aleja veinte centímetros, vuelve y gime más fuerte. Se aleja treinta centímetros y vuelve. Cada vez jadea más rápido. Después, solo grita y grita. No hay un solo momento en que parezca que va a llorar, como le pasaba a la chiquita Lupe.
La María que se imagina grita como señora, no se deja vencer y nunca se va a someter. Por eso, si la haces gozar, debes ser chingón, sentirte muy hombre y tener un pito por donde una conchita puede recorrer treintaidós centímetros de camino, hallando siempre el modo de volver en un viaje redondo de hora y media.
Por poco Pánfilo llega a sentirse muy hombre con la María que tiene enfrente, pero una idea le da un bajón: el pito que ve no puede ser el suyo. Es un pito más largo y grueso. Pitón pitolononón el que le mete a la María de ese momento.  Ni en sus sueños le hubiera gustado verlo así de largo. No le gustan ese tipo de fantasías cuando se trata de María.
Detrás del pito hay un pecho ancho, moreno y lleno de vello. Y la voz que cavernea una vez entre cada diez gritos de la María no es, ni sería jamás, la voz de Pánfilo. ¡Es la voz del cabrón Zeus! ¡Su voz de tronadera! ¡Y su pito es de treintaidós centímetros, capaz de violar a cualquiera sin que los dos estén en el mismo cuarto!
Pánfilo quiere sacar el pito de garrocha del interior de la María de la fantasía, pero no puede. Ése no es su pitote, y esa no es su María. Solo es espectador de la cogida espectacular.
Eso pasó cuando se echó a Lupe, después que ella le plantara a Zeus muy hondo en el pensamiento.
Ahora, ya ni a Lupe. Había que buscar otra opción para el desahogo, sin un solo rasgo que condujera a la mente de vuelta a las dos hermanas.
Uno se arma de valor con la ayuda de sales para baño en un recién hallado bar a las tres de la mañana y sabe que va a empezar una nueva vida.
Pánfilo ya se puede coger a cualquier puta de las que esperan en la esquina, aun cuando hacía apenas hora y media juraba que había visto cómo se le asomaba la verga a una de ellas.
Escoge a la güera, para estar seguro de que no va a confundirla con alguna de las hermanas si le cae el cabello por la espalda. En algún momento le da un codazo al espejo del baño, agarra un trozo e intenta cortarle la melena a la puta, nada más para estar seguro.
Se reparten con justicia caladas, mamadas, cachetadas, cortadas, chingadazos, dedazos y después, a Pánfilo le quema el cuerpo por dentro y por fuera.
Despierta después de un rato, pero despertar es solo un decir, porque no se acuerda de haber dormido. Solo Dios sabe dónde está ahora, pero se abraza las piernas y todo da vueltas. No recuerda cuándo empezó a llorar, pero sabe por qué lo hace. La resaca de muchas cosas hace que sienta que se quiere morir. Primero desea que lo maten, luego piensa que, total, lo puede hacer él mismo. Luego, ve que quisiera seguir viviendo, pero todo en él le duele.
Al día siguiente, va con un médico del IMSS. Le dice que, en una de esas, ya hasta agarró la sífilis.

***
En el IMSS, Pánfilo oye que alguien dice Zeus, como poniéndolo en duda, y luego oye a otro que le contesta que sí, que su mamá le puso así porque hasta ella había sentido como si la violaran desde adentro cuando él estaba en el útero, y que desde entonces, ya se veía que iba a coger como un pinche dios.
            Media hora después de escuchar pláticas entre camillas desde lejos y sin que lo vean, Pánfilo descubre que Zeus no va a pasar Año Nuevo con la familia, y que su mano de chaquetero se repondrá de su esguince dentro de una semana, justo a tiempo para perderse de las fiestas, por ir a ver si por allí iba y se topaba con una nalguita.                  

***
Ahora sí no hay remedio. Pánfilo se topa con María cuando va saliendo de la casa de las hermanas.
Por primera  vez en casi un año se ven de frente, y frente a la casa en la que debieron haberse visto más veces.
´           María lo saluda, y su rostro le dice a Pánfilo que ella lo ve normal, con ropa limpia, bañado y rasurado. Ni siquiera se da cuenta de que perdió peso. Solo supo que era él porque, si estaba saliendo de su casa, no podía ser otra persona. Si se hubieran encontrado en cualquier otra parte, ni siquiera lo habría visto.
            María solo dijo “hola” y siguió caminando para meterse en la casa. Y eso era todo lo que Pánfilo necesitaba. Ahora ya no la iba a perder de vista.
            Se queda sentado en una esquina sin apartar los ojos de la casa. Lo bueno es que ahora come y duerme mucho menos y, a veces, ni se da cuenta de cuando tiene hambre. Tampoco siente frío. Hace ya un tiempo que no siente ganas de cagar o mear. Solo por el olor se da cuenta de que se hizo encima.
            Pánfilo cree que no ha parpadeado desde que la imagen de María empezó a borrarse al cerrar la puerta. No siente que haya pasado el tiempo. Entonces, un coche se estaciona frente a la casa, aparece Zeus, y es el Zeus que había estado imaginando. Quizás Pánfilo no lo había imaginado tal y como lo ve ahora, y lo que tiene enfrente se sobrepone en sus recuerdos, aunque también puede ser que ahora no esté viendo al Zeus de a de veras, tal cual es en la vida real, sino que se le sobrepone la imagen que había inventado para él. Sea como sea, allí está, toca el timbre, le abre Lupe, la muy puta lo saluda de beso y lo deja entrar. Pánfilo los ve hasta que se cierra la puerta de nuevo y se repite a sí mismo que, en efecto, ya no hay remedio.
            Pánfilo todavía tiene que esperar cuatro horas para que se haga de noche y estar seguro de que el cabrón Zeus se va a quedar allí hasta el día siguiente, pero es como si ya supiera esto y muchas otras cosas que van a pasar. Casi no se da cuenta de lo que hace en el momento en que lo hace.
El cerrojo de la puerta de entrada, delgada y de lámina, cede con un empujón que no hace mucho ruido. Todas las luces de la planta de abajo están apagadas.
Primero, Pánfilo va con Lupe. Es la única en la casa que tiene la luz prendida y no está tumbada en la cama con algún pendejo de su edad. Es la que tiene más posibilidades de darse cuenta a tiempo de lo que está pasando  y estorbarle.
A pesar de que ese mismo día Lupe había empezado a considerar el desequilibrio mental de Pánfilo, y que quizás debía alejarse de él, la traicionan los hábitos de las últimas semanas. Ve abrirse la puerta de la recámara con la naturalidad con la que se ve a alguien que vive en tu casa y puede entrar donde quiera siempre que no esté echado el cerrojo. Ella lo mira como si hubiera estado esperándolo y se levanta de la cama. Pánfilo se le acerca, ella entiende e intenta gritar justo cuando una bofetada la deja tumbada en el piso bocabajo, donde él le da el tiro de gracia con un tubo de metal lleno de lápices que tiene a la mano. Parece que la mató. Pánfilo no cree haberlo hecho, pero tampoco importa. Va al cuarto de María, el cual, piensa, debió haber visitado más veces.
“Mejor no”, recapacita. “Viéndolo bien, eso hubiera sido más tentador, y quién sabe si me hubiera podido controlar tanto tiempo sin hacer nada”.
Casi parece que no escuchó los gritos de María desde que salió del cuarto de Lupe. Abre la puerta justo para oír el gemido de hombre que, hasta entonces, creyó haberle inventado a Zeus.       
Todo es como en su imaginación. De pronto, descubre que es justamente así como debe justificar el resto de lo que pasará en ese cuarto. Solo es algo más que ha alcanzado el largo brazo de la fantasía.
María se vuelve para mostrarle el rostro a Zeus, justo como lo había soñado Pánfilo. Ella ve que él los observa, y grita.
No sé qué cosas dice Pánfilo, qué preguntas hace Zeus o qué contesta María. Todo parece encajar en un mismo discurso que habla de nuevos comienzos, del fin del milenio y de otras y nuevas vidas.
La plática dura lo mismo que el sobresalto de la pareja en la cama. Pánfilo le advierte a Zeus que no se mueva, y Zeus se mueve cuando cree que Pánfilo se olvidó de la advertencia. Pánfilo agarra la lámpara en la mesita de noche y se la estrella en la cabeza. Zeus rueda del borde de la cama enredado con las sábanas. Entre el suelo y la cabeza, apenas se ve una mancha oscura que se expande lentamente sobre trozos de porcelana.
María grita, deja la cama y gatea un poco antes de que Pánfilo la alcance. Él sigue hablando de renovación, de amor, de que nadie tiene la culpa de nada, ni debe pedir perdón.
Pánfilo aprieta el cuello de María cada vez más. A medida que su discurso se acerca a una conclusión, le estrella la cabeza contra el piso, cada vez con más fuerza.
María deja de oír y de respirar cuando Pánfilo empieza a hablar de la vida perdida de ambos durante los dos años que estuvieron juntos y sin sexo, de lo poco fructífero de tratar de fingir con Lupe, de la sífilis, y del gran alivio que sentiría si le metiera el pito allí, en ese momento, porque siente que está viendo la vida a contrarreloj.
María lleva un buen rato muerta cuando Pánfilo termina de desahogarse. Hay mucha paz y él se siente muy bien. Casi tan bien como había imaginado que se sentiría si finalmente se hubiera venido dentro de ella. Casi, pero no.
Hace unas horas, mientras contemplaba todas las posibilidades, en un momento fugaz, a Pánfilo le pasó por la cabeza que quizás hubiera una oportunidad de tomar a María así, pero no volvió a pensar en eso. Solo hasta este momento recuerda que se le había ocurrido, y le parece buena idea.
A Pánfilo se le para y duele. Se baja los pantalones hasta las rodillas. Ahora María es más dócil. Por un instante le recuerda a Lupe, que debe seguir en la otra habitación. La pone de costado igual que a una tabla. Se la mete y se la saca. El fuego que sube y baja por su pene se apacigua con la carne fría, y es muy dulce.
Qué alivio.
Pánfilo jadea y gime como sabe que no lo hizo jamás con Lupe, y no recuerda haber conseguido con la puta güera de la sífilis. Se viene y grita. Todo el cuerpo le duele y le quema. Siente que lleva allí un año y no recuerda haber estado mejor en la vida.
Cansado, Pánfilo deja de jadear, pero sigue oyendo gemidos a los lejos. No… sollozos quedos, pero muy cerca. Zeus sigue en el piso, con la cabeza ladeada, sin moverse mas que para respirar, moquear y parpadear, viendo directo a María y Pánfilo desde hacía unos minutos, cuando había despertado.
Pánfilo se da cuenta de que todavía se le puede parar. Se queda sentado con semen y sangre secándosele entre las piernas, sonriendo, viendo llorar a Zeus hasta que se duerme o se desmaya. La cortina que cubre la ventana se tiñe de azul, y después de amarillo.
Pánfilo se levanta y se viste mientras percibe que lo envuelven el olor de la orina, el sudor y la mierda. Todo le duele igual que siempre, aunque ahora es feliz. Ahora puede ver a la muerte que lleva adentro, respirar hondo el aire de la mañana cuando sale a la calle, y ver que eso es bueno; que a uno puede llenarlo de vida repartir muerte con las manos, hasta donde lo llevaran los amoríos tipo Lupe, las prostitutas, y las que gritaran como señora de cuarentaitantos.
Pánfilo ve que la muerte lo persigue y que no hay remedio, pero eso no lo llena de desesperación como hacía poco. Ahora va ayudar a la muerte a repartir muerte. Solo así podía ser más llevadera.

PISTAS
"Change of the Guard" - Kamasi Washington
"Tremendous Dynamite" - Eels
"Caderas Punk" - Los Viejos
"Sexo Instrumental" - Pellejos
REPRISE: "Sexo Ficción" - Pellejos 

miércoles, 6 de julio de 2016

"Zombis, por favor"

Ojeando, espero en la librería a que vuelva una empleada. Llega una mujer perteneciente a la clase alta de Coyoacán que algunos verían estereotipada: más joven de lo que aparenta –como resultado fallido de seguir bella por más tiempo–, y selección involuntaria de ropa para una prostituta. Sus dos hijos, niño y niña de unos diez años.
“Empezarán a involucrarse en la literatura. Todos siempre han dicho que eso ayuda a hacer buenos seres humanos: ciudadanos con conciencia y, además, muy listos. ¡Empiecen desde temprano! Escojan el libro que voy a comprar a cada uno”.
Pide asistencia al empleado inepto que no me fue de ayuda hacía unos minutos. Juntos, recorren mesas entre los pasillos. La niña, una alegre cualquiera, va y viene con novelas infantiles. Al volver de cada expedición, entrega a su madre los candidatos para irse a casa.
“¿Cuál es el primer libro en la saga de Harry Potter?, pregunta la niña. A medida que se prolonga el silencio, se concretiza la imagen del empleado con la mirada vacía e hilillo de saliva. Sin levantar la mirada de lo que, espero, se vuelva pornografía en algún momento: “La piedra filosofal”. Todos me miran un momento. “¡Ande, busque eso!”. El empleado busca hasta por debajo de las piedras que no son filosofales, seguro de que le piden un ejemplar imposible de hallar; que deberá mandar a la familia a otra sucursal, al otro lado del mundo. Sin motivo, despego la vista de mi lectura, unos cuarenta y cinco grados, y allí está. Lo doy a la madre sin esperar un gracias que no llega.
El niño despierta mi interés desde el principio. Pequeño, como se espera que sigan siendo todos los niños a esa edad, sin importar los cambios generacionales. Cabello negro corto peinado con la raya en un costado, como siempre se ha esperado ver a los niños; como también me vi a su edad. Bien vestido, justo en el modo en que quería su madre; como fuimos, somos o seremos muchos de nosotros. Con una postura más recta que cuando se está de pie en una ceremonia, la convicción del niño apuntaba aún más alto que su estatura. Mirada inquisitiva y juzgadora que envidiarían a un tiempo el crítico de arte y el investigador en la escena del crimen. Las manos cruzadas al frente y los pies juntos a cada paso medido. El mundo estaba para que él lo juzgara. Era capaz de mirar desde arriba, aun si debía alzar el cuello para encarar a un adulto. Poseedor de un buen argumento al hablar, y aun más si lo guardaba para sí. Sin caer en la resignación que amarga la vida, sobrellevaba con dignidad y fortaleza el inevitable y tedioso momento de calidad con mamá y hermana, de modo que la mayor parte de la humanidad lo envidiaría. Ojalá hubiera habido más de ese niño en mí a su edad.
Cinco novelas candidatas de niña alegre descansan ya en manos de mamá. La voz queda del niño denota paciencia que hace tiempo venció a la resignación y al cansancio a golpes de experiencia.
“¿Dónde están los cómics de The Walking Dead?”.
Quiero decirle “Bien, cabrón”.
“¡Te advertí que ibas a empezar a leer libros de verdad!”. Refiriéndose a La guerra y la paz o más gruesos, Esquivel, Mastretta y asociados.
Al niño es cortés y deja que mamá exponga su argumento antes de volverse hacia el empleado:
“Walking Dead, por favor”.
El inepto da dos pasos como Igor y se frena con la misma actitud…
“¡No se le ocurra darle historietas al niño!”.
“Mamá, uno no debería arriesgarse a odiar la literatura debido a una mala experiencia al acercársele por primera vez. Puedo buscar un libro que discretamente aborde un tema que me interese; un tema como, no sé… aquel sobre el cual he estado hablando desde el principio, por ejemplo. Adentrarse en los libros a través de historias grandiosas, ¿qué te parece?”.
Me contengo para no estirar el pulgar hacia arriba en dirección al niño, y finjo seguir inmerso en mi lectura. El empleado voltea a ver a mamá mientras empieza a dar señas de comprender lo que el niño está tratando de decir.
“No se le ocurra…”, y se da la vuelta.
Empleado inepto escarba entre literatura infantil y juvenil sin que nadie allí esté seguro de lo que espera hallar de inmediato y sin mayores complicaciones. Es algo en lo que puedo ayudarlo, del modo en que él no pudo/quiso hacer conmigo. ¿Por qué no? Me acerco.
“Viejo, la dama quiere que el niño lea algo más que cómics, el niño prefiere a los zombis por sobre cualquier otro tópico literario. ¿Por qué ambos no han de obtener lo que quieren? ¡Lo mejor de dos mundos! Robert Kirkman no solo hizo cómics. Hay traducciones al español de por lo menos dos de sus novelas ambientadas en el universo de The Walking Dead, sin ilustraciones ni globos de diálogo. ¿Qué tal si vas a buscarlas?”.
“Mamá dijo ‘nada de The Walking Dead’”, repone tras echarle un vistazo a su ama temporal, para luego encorvarse otro poco y seguir su búsqueda de nada, arrastrando un pie al andar.
Justo cuando entendí que solo el libro en mis manos era asunto mío, me volví hacia la presencia que, de manera extrasensorial, hizo notar que me miraba desde abajo.
“¿En serio hay un modo para que lea lo que quiera?”. Muy bien pudo haber cambiado la pregunta por ¿podría ser feliz, aquí y ahora?, ¿alguien (encima, ¡un adulto!) está de acuerdo con un niño? o ¿hoy podría tener la satisfacción de no tener que escuchar a mamá del todo?
Iba a contestar. Madre, niña alegre y empleado inepto me miraban junto con el niño, sin que yo supiera cómo convencer a todo el panorama multigeneracional.
Pues sí. Pese a la opinión pública o académica, los cómics son literatura. Más aún: algunos estarían de acuerdo en que la relación entre texto e ilustraciones generada en las viñetas cubre los requerimientos propios de los libros que suelen recomendarse para neófitos de la lectura, los cuales, por supuesto, incluyen a la literatura infantil.
Claro que el cómic puede ir más allá de los temas infantiles, y la línea que divide las edades adecuadas para cada lectura se desvanece.
La diversión del momento hace que un niño explore con discreción algún tema desconocido hasta entonces, de modo que apenas reconoce un atisbo de tedio en el proceso. Del mismo modo, el adulto lee cierto tipo de obras del cómic para, sin esfuerzo, mantener vivo al niño que fue y que leyó una por primera vez.
Además, si –como muchos padres temen–  los cómics violentos que el niño quiere leer llegan a afectarlo y resulta que, por empaparse de The Walking Dead, éste termina asesinando zombis como consecuencia de la mala influencia, tomando en cuenta la desastrosa situación en la cual se encontraría el mundo con semejante panorama, espero entiendan que matar zombis no sería enteramente su culpa, más de lo que sería su deber.
Dejen que el niño hoy lea sobre zombis, mañana leerá Orgullo prejuicio y zombis, y al final solo será Orgullo y prejuicio.
Silencio hasta que el niño, señalándome como a la evidencia refutando que él estaba en lo correcto:
“El señor es un experto, mamá”.
¿Señor? Es por el sombrero, ¿verdad?
No sabía si volver a mi lectura o ver qué más ocurría, cuando la empleada que esperaba se plantó frente a mí para entregar aquello para lo que había ido en primer lugar.
Dejo atrás a madre e inepto hablando entre ellos para empezar a caminar. De inmediato, la misma presencia de hacía un momento, esta vez, siguiéndome.
“¿Qué debo hacer ahora?” dijo a su última esperanza, quien se dirigía hacia la salida.
“Tu mamá está empeñada en que no leas The Walking Dead y nadie, mas que yo, te apoya… pero hay muchas otras historias de zombis, tan buenas, o incluso mejores. Tuvimos que descartar las benditas historietas, y hay una gran posibilidad de que el único modo de salir bien parado de esto sea acudir al gran enemigo: los libros sin dibujos. No temas, que tiene remedio. Debo irme, pero éste es mi último consejo: pregunta a los (hice un muy discreto énfasis) otros empleados, los que llevan camisas azules. Diles que buscas historias sobre zombis. Puede que no tengan dibujos, pero puedes elegir alguno que no sea tan grueso. Ve en la parte de atrás de cada libro, en donde te dicen de qué va la historia que cuenta. La ventaja de los zombis es que casi nunca fallan: aventura, sangre, balas y sesos garantizados”.
Me doy la vuelta, de regreso hacia la salida, dándole la espalda al niño, dejándolo a mi imaginación, asiendo por la camisa al pobre empelado que tenía más cerca:
“¿Dónde están los libros de zombis!”
Salgo más feliz que cuando entré.

¿Un llamado? Ya algunos me lo han dicho.               

martes, 19 de agosto de 2014

Jarochia

Tenía ya los ojos abiertos cuando se activó la rutina. No había tenido un sueño del todo intranquilo, pero seguía dándole vueltas al asunto. Se incorporó. El masaje automático del colchón apenas comenzaba a operar, y se apagó cuando abandonó la cama. Con el ambientador, apenas tocó el suelo, los páneles que lo componían se calentaron, imitando la forma y temperatura de la planta del pie. Andrés Jinete nunca se desprendió bruscamente del sueño debido al piso frío.
Fue al baño, se quitó la ropa interior y vio su cuerpo desnudo en el espejo. Sabía que era hermoso, porque se lo habían dicho siempre, y porque había sido algo bastante evidente durante toda su vida. Alto, esbelto, algo musculoso y bronceado. El cabello castaño corto y revuelto. Ojos claros suficientemente grandes, con la mirada propensa a disfrutar, en vez de entregarse a la reflexión o a la tristeza. La comisura de los labios apenas diferenciable del resto de la textura del rostro guardaba la sonrisa, completando con perfección uno de los elementos más importantes que había moldeado su felicidad. La barba asomaba apenas por debajo de las patillas recortadas, esperando conectarse con el bigote que había empezado a aparecer unos días atrás.
“Hoy necesito rasurarme”.
En uno de los anaqueles que rodeaban al espejo estaba el estimulante folicular dentro de su estuche. Andrés los sacó y se lo puso en la mano izquierda como un guante. Pasó los dedos sobre sus mejillas y en su barbilla. Las yemas producían un ligero calor a medida que recorrían su cara. Los vellos desaparecían al contacto. Puso la mano sobre el pecho, lo pasó al otro lado y hacia el estómago. Toda esa área quedó ligeramente enrojecida. El vello púbico estaba empezando a notársele, pero decidió que no había ningún problema si lo dejaba así. Ladeó la cabeza frente a su reflejo, vio unos cuantos pelillos creciéndole en medio de las cejas, presionó el meñique sobre ellos, y al momento, ya no estaban. Se quitó el estimulante, lo puso en el estuche y éste, de vuelta al anaquel. Andrés echó un último vistazo general al cuerpo entero, como una precaución tras haberlo estudiado a fondo para un examen, y se alejó del espejo, hacia la bañera.
Cuando estuvo dentro, ligeras gotas cayeron sobre su cabeza, golpeando su piel como pequeñas manos al momento de un masaje, para luego deslizarse hacia abajo en finas corrientes iguales a caricias. Andrés cerró los ojos y respiró pausadamente el aire fresco que producía el agua fría.
“¿Para qué me metí a bañar?”, se preguntó al instante, casi seguro de haber sentido cómo se había quebrado el ambiente de relajación. Sabía, por ejemplo, por qué se había colocado el estimulante para rasurarse.
En algún lugar, hacía muchos años, escuchó que si un aditamento alteraba drásticamente la temperatura de una parte específica del cuerpo, podía causar daños irreparables. No recordaba quién lo había dicho, pero sin duda no fue un médico. En ese momento Andrés no le dio importancia al comentario, pero tiempo después, se encendió un cigarro con el pulgar y empezó a preguntarse qué tanto de cierto habría en la advertencia. Hasta ese momento –y aún ahora–, salvo los suicidas y los rarísimos casos de sabotaje que tenían más pinta de paranoia, Andrés no había sabido –ni por boca de conocidos, ni a través de los medio de comunicación– de que alguien se hubiera auto infligido dolor debido al uso de sus aditamentos anatómicos. No obstante, desde ese momento, había ciertos momentos –contados, en realidad– en los cuales la idea de tener un mediador térmico dentro le causaba cierto malestar. Rasurarse y encender cigarros eran los más frecuentes, aunque, por ejemplo, tampoco era asiduo a mantener la bebida fría sin necesidad de hielo mientras la sostenía en la mano, y la última vez que había sorprendido a las personas por la espalda con toques a temperaturas extremas fue en la preparatoria. Nunca había considerado llegar al extremo de extraerse el mediador. Se limitaba a no utilizarlo, o mejor dicho, a utilizarlo en la menor medida posible. Por eso usaba el estimulante folicular, y era un alivio que éste tuviera su lugar en la gaveta del baño, dentro de su propia intimidad que nadie además de él conocía.
“Bueno, no es del todo cierto”, se dijo Andrés de inmediato. Estaba Renata. Ella era la única que había llegado tan lejos en lo referente a su gran casa en Jalapa. Eso era el baño de su recámara. Hasta allí llegaba su intimidad, y durante años, Renata tuvo acceso a la casa y a la vida privada de Andrés. Así se ganó el permiso, primero, de recorrerla, luego, de poder pasar la noche en la recámara, y por último, de entrar al baño de la pieza, con todas las libertades que ello conllevaba.
Durante cuatro años, Renata fue impregnándose cada vez más en la vida de Andrés, con una naturalidad tan simple, que a él terminó por parecerle algo insignificante. Y entre todas las muchas cosas que se dijeron durante ese tiempo, y en las que no faltaban esa clase de intimidades que pueden llegar a ser difíciles de expresar, Renata jamás sacó a colación el asunto del estimulante folicular en la gaveta del baño. Quizás ni viera que estaba allí.
Andrés gozaba de una salud envidiable, así que tampoco hablaban mucho de los aditamentos anatómicos, ni del resto de cosas que poblaban el interior de aquel hombre.
Renata ni siquiera le había preguntado a Andrés por su inclinación por las duchas frías. Lo había visto entrar a la bañera solo, ya fuera en la mañana, en la tarde o en la noche, a la hora que fuera, y de forma aparentemente azarosa. Solo hasta años después, como un acuerdo mutuo, ella lo siguió hasta allí para que ambos se dejaran llevar, inundados por el frescor y el placer. Eso tampoco le pareció extraño.
Tomar duchas era inusual en los tiempos que corrían. No solo por el ambiente de guerra que había envuelto al mundo entero hasta los rincones menos esperados, o porque esto hubiera puesto a la humanidad en una situación precaria en la que los lujos y los recursos de subsistencia básicos se habían diezmado, junto con todos los que necesitaban de ellos. Tampoco tenía que ver con que se encontraran en una época en la cual, con el adecuado mantenimiento de los aditamentos anatómicos, cualquiera (y más aún alguien acomodado económicamente) podía regular de manera eficaz su sistema higiénico interno con los exfoliantes, estimulantes y purificantes, y pasar su vida entera manteniendo la salud personal de manera óptima, sin que jamás tuviera necesidad de utilizar los antiguos métodos.
Las duchas hacía mucho habían pasado a ser un método de placer y diversión bastante retro.
Así, hasta ese día, Andrés había usado la ducha, igual que siempre. Y sin embargo, Renata jamás dio muestras de cuestionarse nada, y callaba, segura de que se trataba de un capricho más de millonarios. A su manera, lo entendía, lo aceptaba y quizá hasta lo disfrutaba.
Andrés nunca había escuchado de boca de nadie más que la ducha privada fuera un lugar para pensar en uno mismo, sin embargo, lo había comprobado de primera mano.
Era algo así como el baño turco al que había ido con su padre cuando niño: ambos sentados uno a lado del otro en bancas de madera suaves, recargados contra baldosas de mármol, con toallas cubriéndoles las piernas, rodeados de hombres mayores, algunos con toallas, y otros sin nada que los cubriera además del incipiente vapor, que descubría y escondía los cuerpos a su antojo.
Siempre que la temperatura fuera la adecuada para todo el mundo, en esos baños se podía hablar de negocios durante horas y seguir con nulidad de prendas.
Un niño rodeado de calor en tiempos no tan caóticos, bajo el yugo de una familia adinerada que se codeaba con otras familias adineradas en una aparente intimidad que, aun así, se encontraba a la vista del público. Estar solo en una lujosa casa, bajo agua fría, en el punto más volátil de la Guerra General, sumido en sus propias reflexiones. No eran situaciones muy distintas, solo que una era mucho más gratificante.
Pero nadie pudo entender nada a su modo. Por eso decidió terminar la relación con Renata durante lo que todos creyeron que serían las vísperas del compromiso formal. Por eso salió en portadas de revistas de chismes del mes de mayo. Quizás por eso también había evitado al resto de su familia y amigos, y cuando todos decidieron emigrar a los países que habían considerado como los menos enfrascados en el conflicto, o al menos, a las partes del país que consideraban las menos hostiles, Andrés se quedó en donde estaba y los dejó a todos ir, salvo a los empleados que necesitaba para echar a andar la casa.
El sistema no obligaba a Andrés a racionar suministros como lo hacía con los clasemedieros, sin embargo, él mismo era consciente de que la decisión de mantener su estilo de vida intacto en momentos de guerra no tenía por qué hacerle mal a nadie. Había programado las duchas para que duraran máximo siete minutos, de modo que el agua cesó de caer de pronto. Abrió los ojos en un ambiente pacífico, sumido en el silencio y la quietud.
El aire acondicionado se activó a su alrededor por todas partes, en una corriente tibia que en quince segundos lo dejó seco.
De vuelta en el cuarto, Andrés fue hacia el armario, deslizó la puerta a un lado e hizo una inspección rápida entre la ropa de tonos cálidos y fríos. Le tomó solo un momento decidirse por algo que usar, porque había estado un rato la noche anterior sopesándolo sin haber elegido nada.
Las prendas oscilaban sobre el gancho que Andrés tenía en la mano, sin estar seguro de que fueran lo más adecuado para ese día. Presionó un botón, y un segundo después, un bastón comenzó a extenderse hasta posar tres patas sobre el suelo. Cuando soltó el gancho, alrededor de él se formó un óvalo y luego, una figura humanoide rellenó el conjunto igual que un maniquí. La falda azul marino se levantaba ligeramente de lado derecho, y el otro extremo se replegaba como la pierna de un pantalón. El chaleco negro no tenía botones, pero sí un cuello pronunciado que denotaba una inclinación más masculina. En un momento, Andrés fue de vuelta al armario y después puso sobre el modelo una chaqueta blanca de poliuretano, y sobre la cabeza, un paliacate color crema con detalles azules. Vio el conjunto alejándose del modelo, y una vez decidió que se veía bien, desvistió al electrodoméstico para vestirse él.
Andrés se calzó botas cafés de punta cuadra y vio que le llegaban hasta el tobillo. Cuando se ató el cinturón para que detuviera la falda y cerrara la parte baja del chaleco, no necesitó verse al espejo de nuevo para comprobar que, sin quererlo, el deseo hondo que había tenido en estas últimas semanas había escapado de la discreción que se había auto sugerido. Había escogido el conjunto adecuado, que cubría las cuestiones del confort y seguía al pie el decreto predominante de la moda del momento: era el balance ideal entre géneros, y se vería igual de espectacular en un hombre o una mujer.
            A lo largo de las últimas semanas, el doctor Emeterio Salidas le había explicado paso por paso el procedimiento a seguir para que la operación de cambio de sexo tuviera éxito. Realmente se trataba de algo muy simple para quien se dejara llevar y no estuviera interesado en qué consistía el procedimiento: ingerir estas hormonas durante las dos primeras semanas a partir de la primera extracción de testosterona, calistenia adecuada para fortalecer partes claves del cuerpo, electroencefalogramas de vez en cuando… nada que quitara mucho tiempo del día.
Lo que había mantenido despierto a Andrés desde el principio había sido lo otro: que él sí pensaba mucho en el cambio de sexo, hasta en el detalle más nimio, y hasta donde le permitía el entendimiento. De hecho, él nunca había sido tan inteligente como lo fue luego de pensar que la jarocha era la respuesta.
“Jarocha”, la llamaban ya desde hacía un siglo. Lo había investigado.
“¡Cien años!”.
Antes, Andrés habría jurado que hacía cien años no se había podido hacer absolutamente nada, pero ahora sabía que ya en esos tiempos se hacía eso que ellos llamaban “la jarocha”, una broma a comparación de lo que se podía hacer ahora, pero aun así se hacía, del mismo modo que iban de un lugar del planeta a otro en lapsos de tiempo que para ellos eran increíbles.
Ya en esos tiempos se mofaban de los que se hacían la jarocha.
En un video en alguna página de la red hacía casi veinte años, un periodista casero había hablado por primera vez de los rumores de que se planeaba una iniciativa para impulsar el perfeccionamiento de la operación del cambio de sexo en México como una prioridad de Atención Ciudadana en cooperación con Salud Pública.
En ese momento histórico que quedó plasmado para la posteridad como el primer momento en el se habló del estado de Veracruz como “el padrino de los cercenadores de pitos a nivel nacional”, también salió a relucir lo que rápidamente ascendería a ser el nombre no oficial de la capital del estado, donde Industrias Suma sentaría su base: Jarochia.
Andrés había aprendido todo esto en muy poco tiempo, y fuera de obligarlo a renegar de su decisión, la afianzó. Sin embargo, nada pudo evitar que el miedo se acentuara en él, y empezara a echar raíces profundas.
“Nomás dieciséis”, se dijo sentado al borde de la cama. Todos, gente famosa. Gente de dinero. Tres oriundos de México, durante los primeros tres años en que la empresa privada abrió la clínica al público. El resto vino de distintos países y por razones distintas, y seguramente a ninguno se le hubiera ocurrido pensar siquiera en intentar hacerlo si hubiera estallado la Guerra. Andrés iba a ser el decimoséptimo, y todo el mundo se iba a enterar.
¿Qué le dirían sus papás… los de la mesa directiva, si es que algún día volvía a sentarse con ellos de nuevo?
Ninguna opinión le importaba en verdad, sino la de todos en general.
“¿Por qué ahora?”, se había preguntado alguna vez. “¿Qué importancia podía tener para quien fuera que Andrés se volviera Andrea?”
Hacía ya dos semanas que se había dado la noticia de que las tropas de Botsuana, como una liga que se estira cada vez más, seguían manteniendo la tregua en el desierto de Gobi, pero las condiciones de los cuerpos militares eran precarias en todo el mundo, y ya nadie abogaba por un final que no fuera explosivo.
En ese ambiente, Andrés se había aislado, y estaba seguro de que solo así podría lograr pasar desapercibido en la medida de lo posible.
Salió del cuarto y, cuando bajó las escaleras se cruzó con Imelda.
–¿Va a desayunar el señor? Ya está listo, por si gusta…
–No. Me voy en el Lincoln. Avísale a Garrén que…
Se estrelló contra la puerta de cristal que daba al garaje.
–¡... su puta madre! –Se llevó las manos a la frente, y se dobló de dolor.
Un segundo después, entró Mayela, abriendo la puerta usando la perilla.
–¡Andrés, niño! ¡Venga rápido!
El dolor comenzó a desaparecer mientras Andrés se preguntaba qué estaba pasando, ¿por qué la puerta no se había abierto en automático, como había hecho siempre?
Mientras seguía a Mayela, Andrés se dio cuenta de algo: todas las puertas estaban abiertas antes de que pasaran a través de ellas.
–Se cayó la red, niño –dijo Mayela. Debió parecerle igual de extraño cuando se dio cuenta–. No hay luz, ni gas ni agua. Dice Albarrán que no hay modo de saber qué pasa más que con una cosa que tenía arrumbada, y que de milagro y prendió, porque tendrá unos cien años.
Cuando entraron en la habitación del jardinero Albarrán, se unieron al resto de trabajadores de la casa, que estaban a oscuras, rodeando una máquina que Andrés no había visto en la vida. Era como un amplificador muy pequeño que podía caberle en la mano, con botones y perillas. Produjo un siseo, como cuando se deja que la arena se escape entre los dedos. Todos miraban el aparato con atención, y por un segundo, Andrés creyó que ellos entendían el idioma del siseo. Pero en eso, se produjo otro sonido, más humano.
–Nos han llegado los últimos reportes del Conglomerado. Tras tres días de deliberación, hace unas horas finalizó el encuentro entre el enviado especial del Frente de División, el general Shabnagü, con la emperatriz Mit Yinzin. Los principales miembros del Conglomerado de Naciones y la Unidad Mundial han acordado el cese indefinido de hostilidades hasta que se cierren los nuevos acuerdos de límites territoriales en Asia. Asimismo, luego del último comunicado del grupo terrorista Mimán, se reportó un declive a escala global del Sistema Witum, así como del resto de las redes dependientes del mismo en todos los países del mundo. El líder del grupo de ciberterrorismo, Ap-Eulo, dijo en el comunicado que éste hecho había sido consecuencia de un pacto entre las naciones de la Tierra, en común deseo de preservar lo que él llamó “la última esperanza de supervivencia de la humanidad”. Hasta ahora, nos ha sido imposible establecer contacto con alguno de los líderes mundiales o sus corresponsales...
Por momentos, parecía que el hombre a través del aparato dudaba de lo que decía, como si la pantalla que tuviera enfrente fuera opaca y no distinguiera bien las palabras. Titubeó, y un momento después, sumidos en el silencio, todos en la habitación pudieron escucharlo nuevamente:
–¿Y ahora qué hacemos?
Murmullos inteligibles, y la voz apareció de nuevo, con más seguridad que nunca:
–En el marco de la trigésima Muestra de Tecnología Humanística, llevada a cabo en el Instituto Rockefeller, en la ciudad de Nueva York, el doctor en genética Armando Amador realizó una peculiar muestra en la cual presentó a miembros de la prensa y autoridades académicas los últimos logros de su investigación en Ciencias de la Gestación. Tras una serie de pruebas en animales, el pasado miércoles 6 de agosto, presentó a un conejillo de Indias macho que se encontraba en el último estado de embarazo. Como prueba de los resultados de sus investigaciones, el doctor Amador realizó una cesárea al conejillo y extrajo de la zona peritonal cuatro crías perfectamente sanas y desarrolladas. Aunque la respuesta de los especialistas asistentes fue variada, Amador abogó siempre que, ahora que el proceso de gestación por parte de mamíferos machos era una realidad, no tardarían en verse y explotarse todas las posibilidades benéficas que éste habrá de traer a la humanidad.
Dicho eso, el locutor pasó drásticamente a hablar de cómo Janette O´ Doule había declinado la propuesta de matrimonio de su mánager, pero Andrés no se quedó para escuchar. Salió de la habitación. De algún modo, supo que la guerra había acabado.
Pensó en cómo sería volver a la vida de siempre. El mundo no iba a ser el mismo.
“Si los conejos pueden ser conejas sin cortarse el rabo, ¿qué sentido tiene lo que planeaba hacer?”.
Andrés caminó de nuevo hacia la puerta corrediza que daba hacia el aparcadero de los automóviles, y por poco volvió a golpearse la frente con ella, de no ser porque se detuvo para ver el amplio jardín que llegaba hasta el muro que lo separaba de la calle.
Andrés había nacido en una clase de mundo, y se había adaptado a él para ser feliz, luego, el mundo había cambiado, y resistió siempre para seguir siéndolo. Había hallado una vía de escape para cambiar quién había sido hasta entonces, pero ahora sentía que se lo habían arrebatado. Pronto todos iban a volver a crear al mundo desde los despojos de la guerra, y todos iban a volver a reconocerse los rostros unos a otros. Si ahora un conejo podía ser hombre y hacer de mujer, ¿dónde ponía eso a Andrés y su mundo?, ¿sus aspiraciones y sus miedos?
Andrés descorrió la puerta y salió. Vio que el reloj en la muñeca izquierda seguía funcionando, y que estaba aún a tiempo para llegar a la cita con el doctor Salidas, sin embargo, no dio muestras de estar apurado por irse. Volteó a ver los cuatro adaptables de lujo estacionados y, un segundo después, se sintió aliviado. Si la red había caído en todo el país, el circuito instantáneo de energía de los motores estaría inactivo. Los adaps no lo llevarían a ninguna parte hasta que restauraran el Sistema Mundial.
“Si es que alguna vez lo hacen”, pensó Andrés, y entró en la casa.