martes, 15 de noviembre de 2011

Amadeo o el vampiro que me sedujo

Por amoríos como éstos es mejor que lo maten a uno desde el principio.
Un vampiro ha dejado una marca en el cuello de una chica. La marca no desaparece. Más bien parece que se impregna a la piel. Se le escapa la vida por ahí. Su cabello ya no es rubio ni está radiante. Cada vez hay menos brillo en esos ojos. La piel se ha secado sobre los huesos. ¿Esperaban acaso otra cosa? ¿Acaso no nos drena a todos el amor?
La chica no puede sostener su peso por más tiempo y se queda en cama para morir.
¿Y el vampiro? No sabría decirlo. Probablemente nadie le habló sobre la condición de la chica. Quizás tiene miedo de los familiares y amigos que rodean su cama, y de todos en el pueblo. O tal vez (solo tal vez) el vampiro sabe más sobre el amor que cualquiera de nosotros. Ha vivido tantos años, ha visitado tantos lugares y ha visto el amanecer y el ocaso de tantos humanos, que hace mucho descubrió las cosas que en verdad valen la pena.
Aunque qué se yo. A lo mejor solo era un vampiro muy cusco. 

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