martes, 30 de julio de 2013

La gata y los perros

Una tarde de domingo
estaba una camada
de perros ya crecidos
jugando a las dentadas,
cuando, sin previo aviso,
les arrojó una ternera
el ama de la casa
que había dejado entera.
Un montón de perritos
atacó a las sobras,
y no quedó ni un huequito
para que otros entraran.
Unos comían hambrientos
de lo ganado sin esfuerzo
mientras, alejados de ellos,
miraban los otros perros.
Irritados y asqueados
murmuraban entre ellos,
con los ojos bien abiertos,
sobre el carnero y los perros.
La gata se despertó.
Saltó fuera de su cama
y toda la escena vio
sentada en la ventana.
Le extrañó lo raro que actuaban
las dos partes de la camada,
y bajó hasta el lugar donde
los rezagados estaban.
Con curiosidad les dijo:
“Mis queridos amigos,
no han cesado sus juegos
desde que el día dio inicio,
juntos desde un principio.
Bebieron del mismo charco,
comieron del mismo plato,
jugaban con regocijo.
¿Por qué cuando llega un premio
que no se le negó a ninguno
no dan señas de conseguirlo?
¿ni aún un hueso roído?”.
Ante esta interrogante,
un perro, de repente,
se volvió el representante
y contestó de esta suerte:
“Seguro usted, señora gata,
estando sola en casa,
gatos callejeros la acompañan,
e ignora lo que pasa en la camada.
En dos nos dividimos:
nosotros, y nuestros hermanos,
que se llenan el hocico
con lo que debiera ser compartido.
Así que nada reclamamos
a nuestros voraces hermanos.
No queremos ser su espejo,
ni entrar en el mismo juego.
De gente despiadada
está lleno el mundo.
Ningún bien le aguarda
al que aumenta así el monto.”
La gata miró a los canes
Que, en los huesos, echaban pestes.
Luego vio a los perros gordos
riendo entre mordida y mordida.
Tras esto, dijo a los flacos:
“Pues ¡ay de ustedes, amigos!
y ¡ay de todos aquellos
Que culpan a los abusivos!
No ven que su poder es
el que les proporcionan
aquellos de quienes se aprovechan.
Y ¡ay de los explotados,
Que, aún esperanzados,
no pelean por aquello
que es suyo por derecho.
Perezosos se encuentran
aguardando a que despierte
la piedad en los malvados.
Los perros nacieron iguales
y al crecer se distinguen,
no por el linaje más puro,
ni lo noble del corazón,
solo al descubrir quiénes son
los más tontos del grupo”.

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