domingo, 27 de julio de 2014

Simulacro

Pánfilo se viene, y se le va la felicidad. A Lupe se le queda adentro un rato más y no deja de sonreír.
Pánfilo solo quiere a Lupe porque es lo más cerca que puede estar de María, su hermana. Ya ha empezado a creer que se parecen un poco. Tuvo que cogérsela en cuatro, para solo verle el cabello negro y largo cayéndole sobre la espalda con cada embestida y convencerse, luego de un gran esfuerzo, de que seguramente sería justo así como le pasaría a María.
            Lupe ve a Pánfilo sentado en el suelo. Ella sabe por qué la escogió ahora, después de dos años de haberse conocido. Sabe que ya se puso buena, y está segura de que ése va a ser el motivo principal por el que va a recordar sus diecinueve años por el resto de su vida. Por eso y porque fue entonces cuando Pánfilo hizo más que solo interesarse por ella: la escogió, la cortejó y, al final, parcharon.
            Cuando Pánfilo hizo que Lupe se viniera por primera vez, ella se convenció de que, de alguna manera, siempre había querido que pasara. Ahora ella es algo peor que un premio de consolación, o que un consolador. Si tiene suerte, es la pantalla sobre la que Pánfilo proyecta la imagen de su hermana María.
Cuando a Lupe le va bien, Pánfilo reconoce un rostro en ella, por momentos imagina que goza, y si no puede, castiga a la hermana nalgueándola fuerte, echándole la cabeza hacia atrás tirándole del pelo, y asfixiándola un poco. Pero cuando a Lupe le va mal –que  es la mayoría de las veces–, ella es el pañuelo desechable para los mecos de Pánfilo. El paño de lágrimas de su pito parado, si quieren.
Lupe sabe todo eso, y también le vale. Aun cuando deban apagar la luz para que Pánfilo no vea que no es María a quien se está tirando y pueda concentrarse en maquinar su fantasía con mayor facilidad, a Lupe le basta ver la silueta de él encuerado en la cama, o en la alfombra de la sala.
            Pánfilo había estrenado a Lupe, y fue algo tan intenso, que a ella no le interesa, ni quiere saber si hay algo mejor.
Si las cosas se hubieran quedado en que Pánfilo fantaseaba con María, Lupe sonreiría y fingiría igual que siempre y para siempre, pero no. A Pánfilo no le basta con desahogarse, y tampoco olvida. Nunca deja de pensar en María, y eso lo hace abrir bien los ojos, tener despiertos los oídos todo el tiempo, con tal de no perderse la menor señal de vida que María pueda dar.
Llegará el momento en que Pánfilo se topará con María, nomás por aquello de que se está chingando a su excuñada, sin que eso haga que, de pronto,  las hermanas dejen de vivir en la misma casa.
Lo malo no es que los dos se vean y María vaya a dejar a su actual galán para regresar con su novio asaltacunas. El problema es que, de por sí, lo de Pánfilo y Lupe no puede tener nombre. Con suerte se acerca a la lástima, y eso está bien para ella, pero, aun así, se trata de algo tan débil, que se puede quebrar con una sola palabra que venga de una boca o de un mensaje de texto.
Los días pasan y Pánfilo sigue usándola, hasta que un día, la felicidad de Lupe empieza a ir y venir conforme él la busca o no, hasta el punto en que empieza a parecerse a la felicidad momentánea que siente él al tirársela y creer que se lo hace a la hermana correcta.
Estando lo más cerca posible de sentir el mismo temor que Pánfilo, Lupe entiende el extremo al que puede llegar para poder estar con la persona a la que desea amar. Así, mientras Pánfilo se pone los calzones con la urgencia con la que debió haberse puesto un condón, ella le dice:
–Ya no mames con María, wey –Él la oye, pero hace como que no–. Ya se agarró a otro pendejo.
            Pánfilo guarda silencio mientras se le va el color del rostro.           
–¿Ah, sí, cómo se llama? –replica como si supiera que Lupe lo trata de engañar y quisiera ver cómo se le va el color del rostro a ella mientras se le ocurre un nombre.
–Zeus–contesta de inmediato.
–Y será un papucho el Zeus, ¿no?
–Pues lo que quieras, pero María ya se lo chinga y todo.
–Ajá… ái te va a ir a contar a ti qué tal la plancha el cabrón, ¿no? –dice Pánfilo, con una postura rígida que estampa su silueta. Sabe que es verdad.

***
Ya ni con Lupe se le para.
La última vez, casi le suelta un chingadazo, y si en esas iban a estar, mejor las putas, que dan mamazo y se dejan matar por quince varos y un pambazo.
Sería bueno que ya no se cogiera a Lupe porque ya no puede creer que sea María, pero la verdad es que ahora la ve más María que nunca. Es una María que ya no grita como niña desvirgada, sino como algo más parecido a una de cuarentaitantos.
Ella va atrás y adelante, atrás y adelante, se choca con la pelvis de Pánfilo, y la carne suena dulce, como la porno que se vive. Y la María que ve quiere descansar un poquito, se contonea en cuatro sacudiéndole la verga para luego volver a azotar las nalgas contra la pelvis.
El pito alarga y achica el cuello. La María de ese momento grita cada vez más alto y se aleja un poco más con cada embestida, sin que en ningún momento se asome la cabeza del chiquito.
Ella se aleja quince centímetros, vuelve, y gime. Se aleja veinte centímetros, vuelve y gime más fuerte. Se aleja treinta centímetros y vuelve. Cada vez jadea más rápido. Después, solo grita y grita. No hay un solo momento en que parezca que va a llorar, como le pasaba a la chiquita Lupe.
La María que se imagina grita como señora, no se deja vencer y nunca se va a someter. Por eso, si la haces gozar, debes ser chingón, sentirte muy hombre y tener un pito por donde una conchita puede recorrer treintaidós centímetros de camino, hallando siempre el modo de volver en un viaje redondo de hora y media.
Por poco Pánfilo llega a sentirse muy hombre con la María que tiene enfrente, pero una idea le da un bajón: el pito que ve no puede ser el suyo. Es un pito más largo y grueso. Pitón pitolononón el que le mete a la María de ese momento.  Ni en sus sueños le hubiera gustado verlo así de largo. No le gustan ese tipo de fantasías cuando se trata de María.
Detrás del pito hay un pecho ancho, moreno y lleno de vello. Y la voz que cavernea una vez entre cada diez gritos de la María no es, ni sería jamás, la voz de Pánfilo. ¡Es la voz del cabrón Zeus! ¡Su voz de tronadera! ¡Y su pito es de treintaidós centímetros, capaz de violar a cualquiera sin que los dos estén en el mismo cuarto!
Pánfilo quiere sacar el pito de garrocha del interior de la María de la fantasía, pero no puede. Ése no es su pitote, y esa no es su María. Solo es espectador de la cogida espectacular.
Eso pasó cuando se echó a Lupe, después que ella le plantara a Zeus muy hondo en el pensamiento.
Ahora, ya ni a Lupe. Había que buscar otra opción para el desahogo, sin un solo rasgo que condujera a la mente de vuelta a las dos hermanas.
Uno se arma de valor con la ayuda de sales para baño en un recién hallado bar a las tres de la mañana y sabe que va a empezar una nueva vida.
Pánfilo ya se puede coger a cualquier puta de las que esperan en la esquina, aun cuando hacía apenas hora y media juraba que había visto cómo se le asomaba la verga a una de ellas.
Escoge a la güera, para estar seguro de que no va a confundirla con alguna de las hermanas si le cae el cabello por la espalda. En algún momento le da un codazo al espejo del baño, agarra un trozo e intenta cortarle la melena a la puta, nada más para estar seguro.
Se reparten con justicia caladas, mamadas, cachetadas, cortadas, chingadazos, dedazos y después, a Pánfilo le quema el cuerpo por dentro y por fuera.
Despierta después de un rato, pero despertar es solo un decir, porque no se acuerda de haber dormido. Solo Dios sabe dónde está ahora, pero se abraza las piernas y todo da vueltas. No recuerda cuándo empezó a llorar, pero sabe por qué lo hace. La resaca de muchas cosas hace que sienta que se quiere morir. Primero desea que lo maten, luego piensa que, total, lo puede hacer él mismo. Luego, ve que quisiera seguir viviendo, pero todo en él le duele.
Al día siguiente, va con un médico del IMSS. Le dice que, en una de esas, ya hasta agarró la sífilis.

***
En el IMSS, Pánfilo oye que alguien dice Zeus, como poniéndolo en duda, y luego oye a otro que le contesta que sí, que su mamá le puso así porque hasta ella había sentido como si la violaran desde adentro cuando él estaba en el útero, y que desde entonces, ya se veía que iba a coger como un pinche dios.
            Media hora después de escuchar pláticas entre camillas desde lejos y sin que lo vean, Pánfilo descubre que Zeus no va a pasar Año Nuevo con la familia, y que su mano de chaquetero se repondrá de su esguince dentro de una semana, justo a tiempo para perderse de las fiestas, por ir a ver si por allí iba y se topaba con una nalguita.                  

***
Ahora sí no hay remedio. Pánfilo se topa con María cuando va saliendo de la casa de las hermanas.
Por primera  vez en casi un año se ven de frente, y frente a la casa en la que debieron haberse visto más veces.
´           María lo saluda, y su rostro le dice a Pánfilo que ella lo ve normal, con ropa limpia, bañado y rasurado. Ni siquiera se da cuenta de que perdió peso. Solo supo que era él porque, si estaba saliendo de su casa, no podía ser otra persona. Si se hubieran encontrado en cualquier otra parte, ni siquiera lo habría visto.
            María solo dijo “hola” y siguió caminando para meterse en la casa. Y eso era todo lo que Pánfilo necesitaba. Ahora ya no la iba a perder de vista.
            Se queda sentado en una esquina sin apartar los ojos de la casa. Lo bueno es que ahora come y duerme mucho menos y, a veces, ni se da cuenta de cuando tiene hambre. Tampoco siente frío. Hace ya un tiempo que no siente ganas de cagar o mear. Solo por el olor se da cuenta de que se hizo encima.
            Pánfilo cree que no ha parpadeado desde que la imagen de María empezó a borrarse al cerrar la puerta. No siente que haya pasado el tiempo. Entonces, un coche se estaciona frente a la casa, aparece Zeus, y es el Zeus que había estado imaginando. Quizás Pánfilo no lo había imaginado tal y como lo ve ahora, y lo que tiene enfrente se sobrepone en sus recuerdos, aunque también puede ser que ahora no esté viendo al Zeus de a de veras, tal cual es en la vida real, sino que se le sobrepone la imagen que había inventado para él. Sea como sea, allí está, toca el timbre, le abre Lupe, la muy puta lo saluda de beso y lo deja entrar. Pánfilo los ve hasta que se cierra la puerta de nuevo y se repite a sí mismo que, en efecto, ya no hay remedio.
            Pánfilo todavía tiene que esperar cuatro horas para que se haga de noche y estar seguro de que el cabrón Zeus se va a quedar allí hasta el día siguiente, pero es como si ya supiera esto y muchas otras cosas que van a pasar. Casi no se da cuenta de lo que hace en el momento en que lo hace.
El cerrojo de la puerta de entrada, delgada y de lámina, cede con un empujón que no hace mucho ruido. Todas las luces de la planta de abajo están apagadas.
Primero, Pánfilo va con Lupe. Es la única en la casa que tiene la luz prendida y no está tumbada en la cama con algún pendejo de su edad. Es la que tiene más posibilidades de darse cuenta a tiempo de lo que está pasando  y estorbarle.
A pesar de que ese mismo día Lupe había empezado a considerar el desequilibrio mental de Pánfilo, y que quizás debía alejarse de él, la traicionan los hábitos de las últimas semanas. Ve abrirse la puerta de la recámara con la naturalidad con la que se ve a alguien que vive en tu casa y puede entrar donde quiera siempre que no esté echado el cerrojo. Ella lo mira como si hubiera estado esperándolo y se levanta de la cama. Pánfilo se le acerca, ella entiende e intenta gritar justo cuando una bofetada la deja tumbada en el piso bocabajo, donde él le da el tiro de gracia con un tubo de metal lleno de lápices que tiene a la mano. Parece que la mató. Pánfilo no cree haberlo hecho, pero tampoco importa. Va al cuarto de María, el cual, piensa, debió haber visitado más veces.
“Mejor no”, recapacita. “Viéndolo bien, eso hubiera sido más tentador, y quién sabe si me hubiera podido controlar tanto tiempo sin hacer nada”.
Casi parece que no escuchó los gritos de María desde que salió del cuarto de Lupe. Abre la puerta justo para oír el gemido de hombre que, hasta entonces, creyó haberle inventado a Zeus.       
Todo es como en su imaginación. De pronto, descubre que es justamente así como debe justificar el resto de lo que pasará en ese cuarto. Solo es algo más que ha alcanzado el largo brazo de la fantasía.
María se vuelve para mostrarle el rostro a Zeus, justo como lo había soñado Pánfilo. Ella ve que él los observa, y grita.
No sé qué cosas dice Pánfilo, qué preguntas hace Zeus o qué contesta María. Todo parece encajar en un mismo discurso que habla de nuevos comienzos, del fin del milenio y de otras y nuevas vidas.
La plática dura lo mismo que el sobresalto de la pareja en la cama. Pánfilo le advierte a Zeus que no se mueva, y Zeus se mueve cuando cree que Pánfilo se olvidó de la advertencia. Pánfilo agarra la lámpara en la mesita de noche y se la estrella en la cabeza. Zeus rueda del borde de la cama enredado con las sábanas. Entre el suelo y la cabeza, apenas se ve una mancha oscura que se expande lentamente sobre trozos de porcelana.
María grita, deja la cama y gatea un poco antes de que Pánfilo la alcance. Él sigue hablando de renovación, de amor, de que nadie tiene la culpa de nada, ni debe pedir perdón.
Pánfilo aprieta el cuello de María cada vez más. A medida que su discurso se acerca a una conclusión, le estrella la cabeza contra el piso, cada vez con más fuerza.
María deja de oír y de respirar cuando Pánfilo empieza a hablar de la vida perdida de ambos durante los dos años que estuvieron juntos y sin sexo, de lo poco fructífero de tratar de fingir con Lupe, de la sífilis, y del gran alivio que sentiría si le metiera el pito allí, en ese momento, porque siente que está viendo la vida a contrarreloj.
María lleva un buen rato muerta cuando Pánfilo termina de desahogarse. Hay mucha paz y él se siente muy bien. Casi tan bien como había imaginado que se sentiría si finalmente se hubiera venido dentro de ella. Casi, pero no.
Hace unas horas, mientras contemplaba todas las posibilidades, en un momento fugaz, a Pánfilo le pasó por la cabeza que quizás hubiera una oportunidad de tomar a María así, pero no volvió a pensar en eso. Solo hasta este momento recuerda que se le había ocurrido, y le parece buena idea.
A Pánfilo se le para y duele. Se baja los pantalones hasta las rodillas. Ahora María es más dócil. Por un instante le recuerda a Lupe, que debe seguir en la otra habitación. La pone de costado igual que a una tabla. Se la mete y se la saca. El fuego que sube y baja por su pene se apacigua con la carne fría, y es muy dulce.
Qué alivio.
Pánfilo jadea y gime como sabe que no lo hizo jamás con Lupe, y no recuerda haber conseguido con la puta güera de la sífilis. Se viene y grita. Todo el cuerpo le duele y le quema. Siente que lleva allí un año y no recuerda haber estado mejor en la vida.
Cansado, Pánfilo deja de jadear, pero sigue oyendo gemidos a los lejos. No… sollozos quedos, pero muy cerca. Zeus sigue en el piso, con la cabeza ladeada, sin moverse mas que para respirar, moquear y parpadear, viendo directo a María y Pánfilo desde hacía unos minutos, cuando había despertado.
Pánfilo se da cuenta de que todavía se le puede parar. Se queda sentado con semen y sangre secándosele entre las piernas, sonriendo, viendo llorar a Zeus hasta que se duerme o se desmaya. La cortina que cubre la ventana se tiñe de azul, y después de amarillo.
Pánfilo se levanta y se viste mientras percibe que lo envuelven el olor de la orina, el sudor y la mierda. Todo le duele igual que siempre, aunque ahora es feliz. Ahora puede ver a la muerte que lleva adentro, respirar hondo el aire de la mañana cuando sale a la calle, y ver que eso es bueno; que a uno puede llenarlo de vida repartir muerte con las manos, hasta donde lo llevaran los amoríos tipo Lupe, las prostitutas, y las que gritaran como señora de cuarentaitantos.
Pánfilo ve que la muerte lo persigue y que no hay remedio, pero eso no lo llena de desesperación como hacía poco. Ahora va ayudar a la muerte a repartir muerte. Solo así podía ser más llevadera.

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