martes, 19 de agosto de 2014

Jarochia

Tenía ya los ojos abiertos cuando se activó la rutina. No había tenido un sueño del todo intranquilo, pero seguía dándole vueltas al asunto. Se incorporó. El masaje automático del colchón apenas comenzaba a operar, y se apagó cuando abandonó la cama. Con el ambientador, apenas tocó el suelo, los páneles que lo componían se calentaron, imitando la forma y temperatura de la planta del pie. Andrés Jinete nunca se desprendió bruscamente del sueño debido al piso frío.
Fue al baño, se quitó la ropa interior y vio su cuerpo desnudo en el espejo. Sabía que era hermoso, porque se lo habían dicho siempre, y porque había sido algo bastante evidente durante toda su vida. Alto, esbelto, algo musculoso y bronceado. El cabello castaño corto y revuelto. Ojos claros suficientemente grandes, con la mirada propensa a disfrutar, en vez de entregarse a la reflexión o a la tristeza. La comisura de los labios apenas diferenciable del resto de la textura del rostro guardaba la sonrisa, completando con perfección uno de los elementos más importantes que había moldeado su felicidad. La barba asomaba apenas por debajo de las patillas recortadas, esperando conectarse con el bigote que había empezado a aparecer unos días atrás.
“Hoy necesito rasurarme”.
En uno de los anaqueles que rodeaban al espejo estaba el estimulante folicular dentro de su estuche. Andrés los sacó y se lo puso en la mano izquierda como un guante. Pasó los dedos sobre sus mejillas y en su barbilla. Las yemas producían un ligero calor a medida que recorrían su cara. Los vellos desaparecían al contacto. Puso la mano sobre el pecho, lo pasó al otro lado y hacia el estómago. Toda esa área quedó ligeramente enrojecida. El vello púbico estaba empezando a notársele, pero decidió que no había ningún problema si lo dejaba así. Ladeó la cabeza frente a su reflejo, vio unos cuantos pelillos creciéndole en medio de las cejas, presionó el meñique sobre ellos, y al momento, ya no estaban. Se quitó el estimulante, lo puso en el estuche y éste, de vuelta al anaquel. Andrés echó un último vistazo general al cuerpo entero, como una precaución tras haberlo estudiado a fondo para un examen, y se alejó del espejo, hacia la bañera.
Cuando estuvo dentro, ligeras gotas cayeron sobre su cabeza, golpeando su piel como pequeñas manos al momento de un masaje, para luego deslizarse hacia abajo en finas corrientes iguales a caricias. Andrés cerró los ojos y respiró pausadamente el aire fresco que producía el agua fría.
“¿Para qué me metí a bañar?”, se preguntó al instante, casi seguro de haber sentido cómo se había quebrado el ambiente de relajación. Sabía, por ejemplo, por qué se había colocado el estimulante para rasurarse.
En algún lugar, hacía muchos años, escuchó que si un aditamento alteraba drásticamente la temperatura de una parte específica del cuerpo, podía causar daños irreparables. No recordaba quién lo había dicho, pero sin duda no fue un médico. En ese momento Andrés no le dio importancia al comentario, pero tiempo después, se encendió un cigarro con el pulgar y empezó a preguntarse qué tanto de cierto habría en la advertencia. Hasta ese momento –y aún ahora–, salvo los suicidas y los rarísimos casos de sabotaje que tenían más pinta de paranoia, Andrés no había sabido –ni por boca de conocidos, ni a través de los medio de comunicación– de que alguien se hubiera auto infligido dolor debido al uso de sus aditamentos anatómicos. No obstante, desde ese momento, había ciertos momentos –contados, en realidad– en los cuales la idea de tener un mediador térmico dentro le causaba cierto malestar. Rasurarse y encender cigarros eran los más frecuentes, aunque, por ejemplo, tampoco era asiduo a mantener la bebida fría sin necesidad de hielo mientras la sostenía en la mano, y la última vez que había sorprendido a las personas por la espalda con toques a temperaturas extremas fue en la preparatoria. Nunca había considerado llegar al extremo de extraerse el mediador. Se limitaba a no utilizarlo, o mejor dicho, a utilizarlo en la menor medida posible. Por eso usaba el estimulante folicular, y era un alivio que éste tuviera su lugar en la gaveta del baño, dentro de su propia intimidad que nadie además de él conocía.
“Bueno, no es del todo cierto”, se dijo Andrés de inmediato. Estaba Renata. Ella era la única que había llegado tan lejos en lo referente a su gran casa en Jalapa. Eso era el baño de su recámara. Hasta allí llegaba su intimidad, y durante años, Renata tuvo acceso a la casa y a la vida privada de Andrés. Así se ganó el permiso, primero, de recorrerla, luego, de poder pasar la noche en la recámara, y por último, de entrar al baño de la pieza, con todas las libertades que ello conllevaba.
Durante cuatro años, Renata fue impregnándose cada vez más en la vida de Andrés, con una naturalidad tan simple, que a él terminó por parecerle algo insignificante. Y entre todas las muchas cosas que se dijeron durante ese tiempo, y en las que no faltaban esa clase de intimidades que pueden llegar a ser difíciles de expresar, Renata jamás sacó a colación el asunto del estimulante folicular en la gaveta del baño. Quizás ni viera que estaba allí.
Andrés gozaba de una salud envidiable, así que tampoco hablaban mucho de los aditamentos anatómicos, ni del resto de cosas que poblaban el interior de aquel hombre.
Renata ni siquiera le había preguntado a Andrés por su inclinación por las duchas frías. Lo había visto entrar a la bañera solo, ya fuera en la mañana, en la tarde o en la noche, a la hora que fuera, y de forma aparentemente azarosa. Solo hasta años después, como un acuerdo mutuo, ella lo siguió hasta allí para que ambos se dejaran llevar, inundados por el frescor y el placer. Eso tampoco le pareció extraño.
Tomar duchas era inusual en los tiempos que corrían. No solo por el ambiente de guerra que había envuelto al mundo entero hasta los rincones menos esperados, o porque esto hubiera puesto a la humanidad en una situación precaria en la que los lujos y los recursos de subsistencia básicos se habían diezmado, junto con todos los que necesitaban de ellos. Tampoco tenía que ver con que se encontraran en una época en la cual, con el adecuado mantenimiento de los aditamentos anatómicos, cualquiera (y más aún alguien acomodado económicamente) podía regular de manera eficaz su sistema higiénico interno con los exfoliantes, estimulantes y purificantes, y pasar su vida entera manteniendo la salud personal de manera óptima, sin que jamás tuviera necesidad de utilizar los antiguos métodos.
Las duchas hacía mucho habían pasado a ser un método de placer y diversión bastante retro.
Así, hasta ese día, Andrés había usado la ducha, igual que siempre. Y sin embargo, Renata jamás dio muestras de cuestionarse nada, y callaba, segura de que se trataba de un capricho más de millonarios. A su manera, lo entendía, lo aceptaba y quizá hasta lo disfrutaba.
Andrés nunca había escuchado de boca de nadie más que la ducha privada fuera un lugar para pensar en uno mismo, sin embargo, lo había comprobado de primera mano.
Era algo así como el baño turco al que había ido con su padre cuando niño: ambos sentados uno a lado del otro en bancas de madera suaves, recargados contra baldosas de mármol, con toallas cubriéndoles las piernas, rodeados de hombres mayores, algunos con toallas, y otros sin nada que los cubriera además del incipiente vapor, que descubría y escondía los cuerpos a su antojo.
Siempre que la temperatura fuera la adecuada para todo el mundo, en esos baños se podía hablar de negocios durante horas y seguir con nulidad de prendas.
Un niño rodeado de calor en tiempos no tan caóticos, bajo el yugo de una familia adinerada que se codeaba con otras familias adineradas en una aparente intimidad que, aun así, se encontraba a la vista del público. Estar solo en una lujosa casa, bajo agua fría, en el punto más volátil de la Guerra General, sumido en sus propias reflexiones. No eran situaciones muy distintas, solo que una era mucho más gratificante.
Pero nadie pudo entender nada a su modo. Por eso decidió terminar la relación con Renata durante lo que todos creyeron que serían las vísperas del compromiso formal. Por eso salió en portadas de revistas de chismes del mes de mayo. Quizás por eso también había evitado al resto de su familia y amigos, y cuando todos decidieron emigrar a los países que habían considerado como los menos enfrascados en el conflicto, o al menos, a las partes del país que consideraban las menos hostiles, Andrés se quedó en donde estaba y los dejó a todos ir, salvo a los empleados que necesitaba para echar a andar la casa.
El sistema no obligaba a Andrés a racionar suministros como lo hacía con los clasemedieros, sin embargo, él mismo era consciente de que la decisión de mantener su estilo de vida intacto en momentos de guerra no tenía por qué hacerle mal a nadie. Había programado las duchas para que duraran máximo siete minutos, de modo que el agua cesó de caer de pronto. Abrió los ojos en un ambiente pacífico, sumido en el silencio y la quietud.
El aire acondicionado se activó a su alrededor por todas partes, en una corriente tibia que en quince segundos lo dejó seco.
De vuelta en el cuarto, Andrés fue hacia el armario, deslizó la puerta a un lado e hizo una inspección rápida entre la ropa de tonos cálidos y fríos. Le tomó solo un momento decidirse por algo que usar, porque había estado un rato la noche anterior sopesándolo sin haber elegido nada.
Las prendas oscilaban sobre el gancho que Andrés tenía en la mano, sin estar seguro de que fueran lo más adecuado para ese día. Presionó un botón, y un segundo después, un bastón comenzó a extenderse hasta posar tres patas sobre el suelo. Cuando soltó el gancho, alrededor de él se formó un óvalo y luego, una figura humanoide rellenó el conjunto igual que un maniquí. La falda azul marino se levantaba ligeramente de lado derecho, y el otro extremo se replegaba como la pierna de un pantalón. El chaleco negro no tenía botones, pero sí un cuello pronunciado que denotaba una inclinación más masculina. En un momento, Andrés fue de vuelta al armario y después puso sobre el modelo una chaqueta blanca de poliuretano, y sobre la cabeza, un paliacate color crema con detalles azules. Vio el conjunto alejándose del modelo, y una vez decidió que se veía bien, desvistió al electrodoméstico para vestirse él.
Andrés se calzó botas cafés de punta cuadra y vio que le llegaban hasta el tobillo. Cuando se ató el cinturón para que detuviera la falda y cerrara la parte baja del chaleco, no necesitó verse al espejo de nuevo para comprobar que, sin quererlo, el deseo hondo que había tenido en estas últimas semanas había escapado de la discreción que se había auto sugerido. Había escogido el conjunto adecuado, que cubría las cuestiones del confort y seguía al pie el decreto predominante de la moda del momento: era el balance ideal entre géneros, y se vería igual de espectacular en un hombre o una mujer.
            A lo largo de las últimas semanas, el doctor Emeterio Salidas le había explicado paso por paso el procedimiento a seguir para que la operación de cambio de sexo tuviera éxito. Realmente se trataba de algo muy simple para quien se dejara llevar y no estuviera interesado en qué consistía el procedimiento: ingerir estas hormonas durante las dos primeras semanas a partir de la primera extracción de testosterona, calistenia adecuada para fortalecer partes claves del cuerpo, electroencefalogramas de vez en cuando… nada que quitara mucho tiempo del día.
Lo que había mantenido despierto a Andrés desde el principio había sido lo otro: que él sí pensaba mucho en el cambio de sexo, hasta en el detalle más nimio, y hasta donde le permitía el entendimiento. De hecho, él nunca había sido tan inteligente como lo fue luego de pensar que la jarocha era la respuesta.
“Jarocha”, la llamaban ya desde hacía un siglo. Lo había investigado.
“¡Cien años!”.
Antes, Andrés habría jurado que hacía cien años no se había podido hacer absolutamente nada, pero ahora sabía que ya en esos tiempos se hacía eso que ellos llamaban “la jarocha”, una broma a comparación de lo que se podía hacer ahora, pero aun así se hacía, del mismo modo que iban de un lugar del planeta a otro en lapsos de tiempo que para ellos eran increíbles.
Ya en esos tiempos se mofaban de los que se hacían la jarocha.
En un video en alguna página de la red hacía casi veinte años, un periodista casero había hablado por primera vez de los rumores de que se planeaba una iniciativa para impulsar el perfeccionamiento de la operación del cambio de sexo en México como una prioridad de Atención Ciudadana en cooperación con Salud Pública.
En ese momento histórico que quedó plasmado para la posteridad como el primer momento en el se habló del estado de Veracruz como “el padrino de los cercenadores de pitos a nivel nacional”, también salió a relucir lo que rápidamente ascendería a ser el nombre no oficial de la capital del estado, donde Industrias Suma sentaría su base: Jarochia.
Andrés había aprendido todo esto en muy poco tiempo, y fuera de obligarlo a renegar de su decisión, la afianzó. Sin embargo, nada pudo evitar que el miedo se acentuara en él, y empezara a echar raíces profundas.
“Nomás dieciséis”, se dijo sentado al borde de la cama. Todos, gente famosa. Gente de dinero. Tres oriundos de México, durante los primeros tres años en que la empresa privada abrió la clínica al público. El resto vino de distintos países y por razones distintas, y seguramente a ninguno se le hubiera ocurrido pensar siquiera en intentar hacerlo si hubiera estallado la Guerra. Andrés iba a ser el decimoséptimo, y todo el mundo se iba a enterar.
¿Qué le dirían sus papás… los de la mesa directiva, si es que algún día volvía a sentarse con ellos de nuevo?
Ninguna opinión le importaba en verdad, sino la de todos en general.
“¿Por qué ahora?”, se había preguntado alguna vez. “¿Qué importancia podía tener para quien fuera que Andrés se volviera Andrea?”
Hacía ya dos semanas que se había dado la noticia de que las tropas de Botsuana, como una liga que se estira cada vez más, seguían manteniendo la tregua en el desierto de Gobi, pero las condiciones de los cuerpos militares eran precarias en todo el mundo, y ya nadie abogaba por un final que no fuera explosivo.
En ese ambiente, Andrés se había aislado, y estaba seguro de que solo así podría lograr pasar desapercibido en la medida de lo posible.
Salió del cuarto y, cuando bajó las escaleras se cruzó con Imelda.
–¿Va a desayunar el señor? Ya está listo, por si gusta…
–No. Me voy en el Lincoln. Avísale a Garrén que…
Se estrelló contra la puerta de cristal que daba al garaje.
–¡... su puta madre! –Se llevó las manos a la frente, y se dobló de dolor.
Un segundo después, entró Mayela, abriendo la puerta usando la perilla.
–¡Andrés, niño! ¡Venga rápido!
El dolor comenzó a desaparecer mientras Andrés se preguntaba qué estaba pasando, ¿por qué la puerta no se había abierto en automático, como había hecho siempre?
Mientras seguía a Mayela, Andrés se dio cuenta de algo: todas las puertas estaban abiertas antes de que pasaran a través de ellas.
–Se cayó la red, niño –dijo Mayela. Debió parecerle igual de extraño cuando se dio cuenta–. No hay luz, ni gas ni agua. Dice Albarrán que no hay modo de saber qué pasa más que con una cosa que tenía arrumbada, y que de milagro y prendió, porque tendrá unos cien años.
Cuando entraron en la habitación del jardinero Albarrán, se unieron al resto de trabajadores de la casa, que estaban a oscuras, rodeando una máquina que Andrés no había visto en la vida. Era como un amplificador muy pequeño que podía caberle en la mano, con botones y perillas. Produjo un siseo, como cuando se deja que la arena se escape entre los dedos. Todos miraban el aparato con atención, y por un segundo, Andrés creyó que ellos entendían el idioma del siseo. Pero en eso, se produjo otro sonido, más humano.
–Nos han llegado los últimos reportes del Conglomerado. Tras tres días de deliberación, hace unas horas finalizó el encuentro entre el enviado especial del Frente de División, el general Shabnagü, con la emperatriz Mit Yinzin. Los principales miembros del Conglomerado de Naciones y la Unidad Mundial han acordado el cese indefinido de hostilidades hasta que se cierren los nuevos acuerdos de límites territoriales en Asia. Asimismo, luego del último comunicado del grupo terrorista Mimán, se reportó un declive a escala global del Sistema Witum, así como del resto de las redes dependientes del mismo en todos los países del mundo. El líder del grupo de ciberterrorismo, Ap-Eulo, dijo en el comunicado que éste hecho había sido consecuencia de un pacto entre las naciones de la Tierra, en común deseo de preservar lo que él llamó “la última esperanza de supervivencia de la humanidad”. Hasta ahora, nos ha sido imposible establecer contacto con alguno de los líderes mundiales o sus corresponsales...
Por momentos, parecía que el hombre a través del aparato dudaba de lo que decía, como si la pantalla que tuviera enfrente fuera opaca y no distinguiera bien las palabras. Titubeó, y un momento después, sumidos en el silencio, todos en la habitación pudieron escucharlo nuevamente:
–¿Y ahora qué hacemos?
Murmullos inteligibles, y la voz apareció de nuevo, con más seguridad que nunca:
–En el marco de la trigésima Muestra de Tecnología Humanística, llevada a cabo en el Instituto Rockefeller, en la ciudad de Nueva York, el doctor en genética Armando Amador realizó una peculiar muestra en la cual presentó a miembros de la prensa y autoridades académicas los últimos logros de su investigación en Ciencias de la Gestación. Tras una serie de pruebas en animales, el pasado miércoles 6 de agosto, presentó a un conejillo de Indias macho que se encontraba en el último estado de embarazo. Como prueba de los resultados de sus investigaciones, el doctor Amador realizó una cesárea al conejillo y extrajo de la zona peritonal cuatro crías perfectamente sanas y desarrolladas. Aunque la respuesta de los especialistas asistentes fue variada, Amador abogó siempre que, ahora que el proceso de gestación por parte de mamíferos machos era una realidad, no tardarían en verse y explotarse todas las posibilidades benéficas que éste habrá de traer a la humanidad.
Dicho eso, el locutor pasó drásticamente a hablar de cómo Janette O´ Doule había declinado la propuesta de matrimonio de su mánager, pero Andrés no se quedó para escuchar. Salió de la habitación. De algún modo, supo que la guerra había acabado.
Pensó en cómo sería volver a la vida de siempre. El mundo no iba a ser el mismo.
“Si los conejos pueden ser conejas sin cortarse el rabo, ¿qué sentido tiene lo que planeaba hacer?”.
Andrés caminó de nuevo hacia la puerta corrediza que daba hacia el aparcadero de los automóviles, y por poco volvió a golpearse la frente con ella, de no ser porque se detuvo para ver el amplio jardín que llegaba hasta el muro que lo separaba de la calle.
Andrés había nacido en una clase de mundo, y se había adaptado a él para ser feliz, luego, el mundo había cambiado, y resistió siempre para seguir siéndolo. Había hallado una vía de escape para cambiar quién había sido hasta entonces, pero ahora sentía que se lo habían arrebatado. Pronto todos iban a volver a crear al mundo desde los despojos de la guerra, y todos iban a volver a reconocerse los rostros unos a otros. Si ahora un conejo podía ser hombre y hacer de mujer, ¿dónde ponía eso a Andrés y su mundo?, ¿sus aspiraciones y sus miedos?
Andrés descorrió la puerta y salió. Vio que el reloj en la muñeca izquierda seguía funcionando, y que estaba aún a tiempo para llegar a la cita con el doctor Salidas, sin embargo, no dio muestras de estar apurado por irse. Volteó a ver los cuatro adaptables de lujo estacionados y, un segundo después, se sintió aliviado. Si la red había caído en todo el país, el circuito instantáneo de energía de los motores estaría inactivo. Los adaps no lo llevarían a ninguna parte hasta que restauraran el Sistema Mundial.
“Si es que alguna vez lo hacen”, pensó Andrés, y entró en la casa.

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