miércoles, 6 de julio de 2016

"Zombis, por favor"

Ojeando, espero en la librería a que vuelva una empleada. Llega una mujer perteneciente a la clase alta de Coyoacán que algunos verían estereotipada: más joven de lo que aparenta –como resultado fallido de seguir bella por más tiempo–, y selección involuntaria de ropa para una prostituta. Sus dos hijos, niño y niña de unos diez años.
“Empezarán a involucrarse en la literatura. Todos siempre han dicho que eso ayuda a hacer buenos seres humanos: ciudadanos con conciencia y, además, muy listos. ¡Empiecen desde temprano! Escojan el libro que voy a comprar a cada uno”.
Pide asistencia al empleado inepto que no me fue de ayuda hacía unos minutos. Juntos, recorren mesas entre los pasillos. La niña, una alegre cualquiera, va y viene con novelas infantiles. Al volver de cada expedición, entrega a su madre los candidatos para irse a casa.
“¿Cuál es el primer libro en la saga de Harry Potter?, pregunta la niña. A medida que se prolonga el silencio, se concretiza la imagen del empleado con la mirada vacía e hilillo de saliva. Sin levantar la mirada de lo que, espero, se vuelva pornografía en algún momento: “La piedra filosofal”. Todos me miran un momento. “¡Ande, busque eso!”. El empleado busca hasta por debajo de las piedras que no son filosofales, seguro de que le piden un ejemplar imposible de hallar; que deberá mandar a la familia a otra sucursal, al otro lado del mundo. Sin motivo, despego la vista de mi lectura, unos cuarenta y cinco grados, y allí está. Lo doy a la madre sin esperar un gracias que no llega.
El niño despierta mi interés desde el principio. Pequeño, como se espera que sigan siendo todos los niños a esa edad, sin importar los cambios generacionales. Cabello negro corto peinado con la raya en un costado, como siempre se ha esperado ver a los niños; como también me vi a su edad. Bien vestido, justo en el modo en que quería su madre; como fuimos, somos o seremos muchos de nosotros. Con una postura más recta que cuando se está de pie en una ceremonia, la convicción del niño apuntaba aún más alto que su estatura. Mirada inquisitiva y juzgadora que envidiarían a un tiempo el crítico de arte y el investigador en la escena del crimen. Las manos cruzadas al frente y los pies juntos a cada paso medido. El mundo estaba para que él lo juzgara. Era capaz de mirar desde arriba, aun si debía alzar el cuello para encarar a un adulto. Poseedor de un buen argumento al hablar, y aun más si lo guardaba para sí. Sin caer en la resignación que amarga la vida, sobrellevaba con dignidad y fortaleza el inevitable y tedioso momento de calidad con mamá y hermana, de modo que la mayor parte de la humanidad lo envidiaría. Ojalá hubiera habido más de ese niño en mí a su edad.
Cinco novelas candidatas de niña alegre descansan ya en manos de mamá. La voz queda del niño denota paciencia que hace tiempo venció a la resignación y al cansancio a golpes de experiencia.
“¿Dónde están los cómics de The Walking Dead?”.
Quiero decirle “Bien, cabrón”.
“¡Te advertí que ibas a empezar a leer libros de verdad!”. Refiriéndose a La guerra y la paz o más gruesos, Esquivel, Mastretta y asociados.
Al niño es cortés y deja que mamá exponga su argumento antes de volverse hacia el empleado:
“Walking Dead, por favor”.
El inepto da dos pasos como Igor y se frena con la misma actitud…
“¡No se le ocurra darle historietas al niño!”.
“Mamá, uno no debería arriesgarse a odiar la literatura debido a una mala experiencia al acercársele por primera vez. Puedo buscar un libro que discretamente aborde un tema que me interese; un tema como, no sé… aquel sobre el cual he estado hablando desde el principio, por ejemplo. Adentrarse en los libros a través de historias grandiosas, ¿qué te parece?”.
Me contengo para no estirar el pulgar hacia arriba en dirección al niño, y finjo seguir inmerso en mi lectura. El empleado voltea a ver a mamá mientras empieza a dar señas de comprender lo que el niño está tratando de decir.
“No se le ocurra…”, y se da la vuelta.
Empleado inepto escarba entre literatura infantil y juvenil sin que nadie allí esté seguro de lo que espera hallar de inmediato y sin mayores complicaciones. Es algo en lo que puedo ayudarlo, del modo en que él no pudo/quiso hacer conmigo. ¿Por qué no? Me acerco.
“Viejo, la dama quiere que el niño lea algo más que cómics, el niño prefiere a los zombis por sobre cualquier otro tópico literario. ¿Por qué ambos no han de obtener lo que quieren? ¡Lo mejor de dos mundos! Robert Kirkman no solo hizo cómics. Hay traducciones al español de por lo menos dos de sus novelas ambientadas en el universo de The Walking Dead, sin ilustraciones ni globos de diálogo. ¿Qué tal si vas a buscarlas?”.
“Mamá dijo ‘nada de The Walking Dead’”, repone tras echarle un vistazo a su ama temporal, para luego encorvarse otro poco y seguir su búsqueda de nada, arrastrando un pie al andar.
Justo cuando entendí que solo el libro en mis manos era asunto mío, me volví hacia la presencia que, de manera extrasensorial, hizo notar que me miraba desde abajo.
“¿En serio hay un modo para que lea lo que quiera?”. Muy bien pudo haber cambiado la pregunta por ¿podría ser feliz, aquí y ahora?, ¿alguien (encima, ¡un adulto!) está de acuerdo con un niño? o ¿hoy podría tener la satisfacción de no tener que escuchar a mamá del todo?
Iba a contestar. Madre, niña alegre y empleado inepto me miraban junto con el niño, sin que yo supiera cómo convencer a todo el panorama multigeneracional.
Pues sí. Pese a la opinión pública o académica, los cómics son literatura. Más aún: algunos estarían de acuerdo en que la relación entre texto e ilustraciones generada en las viñetas cubre los requerimientos propios de los libros que suelen recomendarse para neófitos de la lectura, los cuales, por supuesto, incluyen a la literatura infantil.
Claro que el cómic puede ir más allá de los temas infantiles, y la línea que divide las edades adecuadas para cada lectura se desvanece.
La diversión del momento hace que un niño explore con discreción algún tema desconocido hasta entonces, de modo que apenas reconoce un atisbo de tedio en el proceso. Del mismo modo, el adulto lee cierto tipo de obras del cómic para, sin esfuerzo, mantener vivo al niño que fue y que leyó una por primera vez.
Además, si –como muchos padres temen–  los cómics violentos que el niño quiere leer llegan a afectarlo y resulta que, por empaparse de The Walking Dead, éste termina asesinando zombis como consecuencia de la mala influencia, tomando en cuenta la desastrosa situación en la cual se encontraría el mundo con semejante panorama, espero entiendan que matar zombis no sería enteramente su culpa, más de lo que sería su deber.
Dejen que el niño hoy lea sobre zombis, mañana leerá Orgullo prejuicio y zombis, y al final solo será Orgullo y prejuicio.
Silencio hasta que el niño, señalándome como a la evidencia refutando que él estaba en lo correcto:
“El señor es un experto, mamá”.
¿Señor? Es por el sombrero, ¿verdad?
No sabía si volver a mi lectura o ver qué más ocurría, cuando la empleada que esperaba se plantó frente a mí para entregar aquello para lo que había ido en primer lugar.
Dejo atrás a madre e inepto hablando entre ellos para empezar a caminar. De inmediato, la misma presencia de hacía un momento, esta vez, siguiéndome.
“¿Qué debo hacer ahora?” dijo a su última esperanza, quien se dirigía hacia la salida.
“Tu mamá está empeñada en que no leas The Walking Dead y nadie, mas que yo, te apoya… pero hay muchas otras historias de zombis, tan buenas, o incluso mejores. Tuvimos que descartar las benditas historietas, y hay una gran posibilidad de que el único modo de salir bien parado de esto sea acudir al gran enemigo: los libros sin dibujos. No temas, que tiene remedio. Debo irme, pero éste es mi último consejo: pregunta a los (hice un muy discreto énfasis) otros empleados, los que llevan camisas azules. Diles que buscas historias sobre zombis. Puede que no tengan dibujos, pero puedes elegir alguno que no sea tan grueso. Ve en la parte de atrás de cada libro, en donde te dicen de qué va la historia que cuenta. La ventaja de los zombis es que casi nunca fallan: aventura, sangre, balas y sesos garantizados”.
Me doy la vuelta, de regreso hacia la salida, dándole la espalda al niño, dejándolo a mi imaginación, asiendo por la camisa al pobre empelado que tenía más cerca:
“¿Dónde están los libros de zombis!”
Salgo más feliz que cuando entré.

¿Un llamado? Ya algunos me lo han dicho.               

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