martes, 5 de febrero de 2013

Primera clase


una continuación a El guardagujas de Juan José Arreola
(fragmento)


Tuve la certeza de que volvería a ver al guardagujas –o lo que quedara de él– cuando se dispersara el humo de la fumarola, entre las barras de acero de la parrilla del tren. Sin embargo, lo que vi fue la luz rojiza de la linterna, en el costado de una punta circular de metal brillante, tras la cual apareció el resto del magnífico tren con pinta de cohete horizontal.
            También estaba seguro de que lo último que iba a escuchar por parte del guardagujas sería un grito barrido por la locomotora, pero de eso nada. Sonó un chirrido de metales y el tren se detuvo, luego la puerta se desplazó a un lado en el interior del tren, tres escalones se extendieron sobre el andén y la voz del guardagujas dijo:
            – Desplazzio les da la bienvenida. La cortesía entre los usuarios es pertinente para una interacción saludable que haga que su rutina sea lo más cómoda posible. Por favor espere a que los usuarios desciendan del vehículo antes de abordar. Gracias.
            En ese momento no pude preguntarme nada. Había esperado mucho tiempo en la estación desierta y nada valía más la pena que verse rodeado de la actividad de la gente, aunque fuera por un breve instante. Me hice a un lado y esperé recargado en el tren y con la vista fija en los múltiples tríos de escalones desplegados a lo largo del andén. Después de unos segundos, la voz del guardagujas resonó en el vació una vez más:
            – En caso de que no haya usuarios que deseen abandonar el vehículo en esta estación, quienes deseen abordar, por favor, háganlo ahora en cualquiera de las puertas abiertas disponibles. Gracias.
            Tan pronto como desapareció el eco de la voz del guardagujas en el desierto, me llenaron por igual el miedo a la soledad y a ver partir el tren. Pasé los escalones de un salto y ya adentro, la puerta se cerró. Para cuando me di la vuelta, la persona que la cerró ya se había ido.
            Lo primero que noté al caminar hacia el pasillo fue que era inmenso. La imagen del cohete caído volvió a medida que descubría que era la primera vez que veía un tren sin vagones.
            – Pedimos a los usuarios que tomen asiento en el lugar marcado en su boleto –dijo el guardagujas sin que pudiera verlo–. De ser posible, abroche su cinturón de seguridad. En breve nos pondremos en marcha. Gracias.
            Caminé por el pasillo infinito sin encontrar mi lugar cuando escuché el escape de humo comprimido de una fumarola. Imaginé lo que podía pasarle a los astronautas que no abrochan su cinturón a la hora del despegue y me senté en el lugar que me quedaba más cerca.
            Era por mucho el asiento de transporte público más cómodo en el que me había sentado nunca. Sin quitarme el cinturón de seguridad, apenas levantándome a medias para ver alrededor, me di cuenta de que ningún guardia había cortado mi boleto al entrar, y el tren se había detenido un instante después de que la punta de metal pasara frente a mí. A unos diez metros frente a mí se veía la única división en todo el tren, resguardada por una puerta sin ventanas. Ahí era en donde debía estar el conductor.    
            No cabía duda de que, debido a un descuido por parte de la seguridad del tren, había terminado en primera clase. Hasta donde alcanzaba la vista, todos los asientos eran mullidos sillones en los que habrían cabido cuatro hombres corpulentos. En cada sección, tres de ellos rodeaban una mesa de madera. A simple vista quedaba claro que no estaban ahí para otra cosa que no fuera servir tres magníficos banquetes al día sobre ellas. Cada diez metros a lo largo del pasillo colgaba una lámpara de araña que bañaba todo con luz eléctrica dorada, de manera que las barras suspendidas cerca del techo, los remaches de las paredes alfombradas, y todo lo que pudiera brillar, aparentaba ser oro.

                 
               

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